Maldito Juan.
Aunque es domingo y anoche solo tomé una copa de champaña y no me acosté tarde;
él siempre gana. Aunque es muy temprano y me levanté cuando estaba oscuro
todavía, ahí ya está él. Ahí está su puto escrito perfecto, en su página desde
quizás qué hora de madrugada.
Afuera el
cielo negro de nublado. Sigo con la página en blanco, con el computador en la
cama, aunque juré una vez que nunca iba a escribir en otro lugar que no fuera
el escritorio. No tengo muchas opciones, porque se acabó la parafina para la Toyotomi,
hace un frío de mierda, no tengo café, ni tampoco ganas de levantarme.
Tengo en la
cabeza la historia de esa noche que hablamos que me decías que estabas triste y
que te sentías sola. Esa de que me fui a negro nuevamente y pensé que todo se
podía ir a la mierda. Me gustaría escribir sobre eso, para contarla de otra
forma, en que yo apareciera como que no soy un pendejo cagado de susto por las
noches.
Pero no,
creo que quizás me sería mejor escribir algo más de domingo, más positivo,
sobre viajes a playas perdidas o en el sur, o en el Caribe perdido quizás. Entonces
me sale esa nube que dice que me quedan siete minutos de batería y que enchufe
la huevada antes de que se vaya a negro también.
No encuentro
el cargador.
No dejo de
pensar en cuando hicimos el amor con ropa.
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