Estoy viendo
el programa del fútbol. Es tarde, no debo quedarme dormido. Me acuerdo de esa parábola
de las vírgenes insensatas y de las prudentes, que finalmente se duermen. No
entiendo por qué me acordé de eso, pero imagino que es el sueño acumulado, las
quince horas seguidas que hablamos, la cerveza, la coca cola, el café.
Me da mucha
risa que entre los sueños despiertos, aparece en televisión el mismo viejito de
nuestro primer almuerzo con toda tu familia extraña.
Ya no puedo
mantenerme sentado en la cama, no quiero quedarme dormido, no quiero hasta
saber que me amas realmente.
Hasta ver
alguna señal.
Entonces,
aparece tu mensaje en la pantalla, y me doy cuenta que ya no distingo entre los
sueños y la realidad.
Aparezco en
una especie de hospital. Pero sin enfermera ni doctores. Es como un lugar de
reposo, medio abandonado en la orilla de una playa desierta con un cielo
anaranjado entre las nubes de un día de otoño. Esa imagen la debo haber sacado
de alguna película que no recuerdo.
No me duele
nada ni estoy enfermo, simplemente parezco descansar. Ahí estás tú sentada al
lado, abrazándote una rodilla y sentada sobre la otra pierna. Yo ya viví esta
escena, pero fue en la casa, en el sillón que es incómodo.
Pero esta
vez, los ojos los tienes más brillantes y sí cae una lágrima. No como en el
sueño.
Te pregunto
si eres feliz conmigo.
Me dices que
sí.
Mucho.
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