lunes, 23 de abril de 2012

Para el registro


Estoy viendo el programa del fútbol. Es tarde, no debo quedarme dormido. Me acuerdo de esa parábola de las vírgenes insensatas y de las prudentes, que finalmente se duermen. No entiendo por qué me acordé de eso, pero imagino que es el sueño acumulado, las quince horas seguidas que hablamos, la cerveza, la coca cola, el café.

Me da mucha risa que entre los sueños despiertos, aparece en televisión el mismo viejito de nuestro primer almuerzo con toda tu familia extraña.

Ya no puedo mantenerme sentado en la cama, no quiero quedarme dormido, no quiero hasta saber que me amas realmente.

Hasta ver alguna señal.

Entonces, aparece tu mensaje en la pantalla, y me doy cuenta que ya no distingo entre los sueños y la realidad.

Aparezco en una especie de hospital. Pero sin enfermera ni doctores. Es como un lugar de reposo, medio abandonado en la orilla de una playa desierta con un cielo anaranjado entre las nubes de un día de otoño. Esa imagen la debo haber sacado de alguna película que no recuerdo.

No me duele nada ni estoy enfermo, simplemente parezco descansar. Ahí estás tú sentada al lado, abrazándote una rodilla y sentada sobre la otra pierna. Yo ya viví esta escena, pero fue en la casa, en el sillón que es incómodo.

Pero esta vez, los ojos los tienes más brillantes y sí cae una lágrima. No como en el sueño.

Te pregunto si eres feliz conmigo.

Me dices que sí.

Mucho.

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