Me metí en el famoso curso más para estar con ella, que para aprender algo. Todo lo contrario; no tenía mucho que aprender, porque lo que nunca le confesé, fue que estudié cocina y trabajé en un hotel un par de años antes de hacerme cargo de la empresa de mi viejo.
Siempre lo mismo, yo cocinando y ella tomando todo a la chacota, tomándose el vino antes de tiempo, picoteando la mozzarella de la ensalada, fumando y planificando dónde ir a bailar después del curso.
Sin embargo, me encantaba seguirla mirando eternamente mientras lavaba los platos, los secaba, los devolvía a su lugar; en tanto ella contaba sus historias de lo que le costaba vestirse en la mañana. De todos los vestidos, faldas, zapatos que se probaba para ir a la oficina, de lo atrasada que llegaba.
Siempre sus historias eran las divertidas, la que mantenían junto al grupo y las que me iban perdiendo cada vez más. Nunca supimos mucho de ella y siempre tenía alguna excusa para no salir con nosotros a otra parte, o ir a su casa, o saber algo más de su trabajo, o saber algo más de algo.
Hasta abril, que sin explicaciones nos pidió que cambiáramos el curso a su casa.
Conocimos su casa enorme, su cocina gigante, sus miles de cuchillos y ollas especiales.
Conocimos sus dos perros, su marido, sus dos hijos.
Conocimos que cocinaba mejor que todos nosotros juntos.
Escuchamos "Firstborn".
Ella no rió nunca ese día.
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