Me dijo que
le escribiera una carta.
Antes de
las doce.
Que le escribiera
toda la puta verdad.
Que iba a
estar en un bar de mala muerte en un pueblo perdido.
Lejos de
Buenos Aires.
Ahí iba a
estar, vestida con su blusa de señorita, sus zapatos fifíes con taco que no
sirven para nada, menos para ese bar, menos para esa manga de pelotudos que la
acompañan.
Simple, una
carta de amor, en no más de una carilla.
Antes de
las doce y punto.
Una carta
que diga por qué ella debería darme una oportunidad, si en el fondo, todo este
tiempo la he llenado de mentiras y cuentos que todos sabemos que no pueden ser
verdad.
Una carta
que en pocas ideas, sino una sola, resuma cual es mi idea de toda esta idea.
Y yo, que
me vanaglorié tanto tiempo de poder escribir hasta por encargo; ahora no puedo.
Figuro
frente al maldito computador rascándome la cabeza con las dos manos, llenando
de caspa el teclado, con una cerveza a medio tomar, un lucky sin filtro sin
prender y Miles con So What a lo que dan los parlantes.
Me gustaría
parecerme a Hank Moody.
Miro mi
reflejo en la ventana y me encuentro bastante patético. Cierro el Word y me voy
a Facebook a mirar sus fotos.
Le podría
escribir sobre sus cejas o su sonrisa, pero creo que por ahí no va la cosa.
Debería
escribirle que pienso en ella todo el día.
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