Había
pensado en escribirte la historia de tu amigo de las empanadas. El de la
ponchera y de los ojos saltones. Ese que canta a voz en cuello, que toca la
guitarra y la armónica para luego seguir cantando algo sobre que entregaría los
ojos por amor. Ese mismo que luego se pone la máscara de lucha libre y cuenta
esos chistes gruesos que a todos nos matan de la risa.
Había
pensado en escribirte la parte en que se pasa de copas y su mujer; que es
impresionantemente guapa, lo putea desde la cocina diciéndole que se calle, que
la corte con sus tonteras. Y él sigue con la voz cada vez más fuerte, los
chistes cada vez más divertidos, los ojos cada vez más desorbitados.
Había
pensado en escribirte sobre la vez que se encerraron en la cocina a gritarse
porque ella le hizo una escena de celos y él, en realidad, no había hecho nada
malo, aparte de haber tomado mucha cerveza y haber hecho sus mismos chistes de
siempre, dirigidos a la rubia desabrida que alguien invitó.
Había
pensado en escribirte todas esas historias para ponerte un ejemplo de que las
relaciones no siempre son como esperamos, pero que nadie puede dudar que esos
dos se aman a morir y que en el fondo es lo que yo quería contigo cuando me
dijiste que fuéramos amigos.
Había
pensado en escribirte que los envidio.
Y ahora me
mandas una carta y me dices que nos casemos.
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