Nuestros
clientes no nos pagan, nos dicen que esperemos hasta la próxima semana, ya llegamos
a fin de mes, no hay plata. Reviento las líneas de crédito, las tarjetas, le
pido a la ejecutiva que nos pague algunos sobregiros, que aguante un poco más.
Le pagamos a los proveedores, a los empleados, y el almuerzo ritual de último viernes
del mes; lo pagamos con un cheque a quince días.
Todos están
felices, pedimos vino, celebramos por estar vivos. La tradición es que después
del almuerzo de fin de mes; todos se van a su casa y están con su familia. Yo
camino de vuelta a la oficina, respondo algunos correos, pongo la alarma,
cierro y me voy. Antes de eso, reviso la caja chica, saco las últimas cinco
lucas y pienso que es toda la plata que me queda en esta existencia. Bajo al
estacionamiento, me subo al auto y veo la luz de la bencina parpadeando. Pienso
que es absurdo tener un Porsche y no tener plata para la bencina. Lo dejo ahí, me
robo los audífonos de la Olivia que los dejó en el asiento de atrás, camino
cuarenta y cinco minutos a la casa.
Miro la
música que tengo en el teléfono, pongo Somewhere Else de Marillion. Paso al
Lider de Tobalaba, compro dos Australes calafate y una bolsita de pistacho con
las cinco lucas.
Camino hacia
la casa, te veo desde lejos, llegamos casi juntos.
Miro tu
nuevo color de pelo.
Mi vida es
perfecta.
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