Pongo Anesthesize
por enésima vez. Prendo la llave del gas de la cocina, cierro las ventanas, cierro
las cortinas, saco una hoja de papel en blanco y escribo esta despedida. Me
gustaría irme con alguna genialidad, algo fuera del lugar común. Algo que todos
recordaran. De una manera divertida al menos.
Entonces
como epitafio, comienzo a escribir lo que pienso de lo que iba a ser la vida
conmigo y ahora sin mí. Hago un listado de cosas buenas y malas, pero así y
todo no quedo conforme. La releo varias veces y lo encuentro una basura mal
escrita.
Arrugo la
hoja, saco una nueva, pongo la canción de nuevo, ventilo la casa, vuelvo a
cerrar las ventanas y las cortinas, me vuelvo a sentar, vuelvo a escribir,
vuelvo a prender el gas. Empiezo un párrafo que pido que me cremen, que lleven
mis cenizas a la pasarela de Lenga, mejor al bosque de Vichuquén, mejor a Kennedy con
Manquehue dónde tuve el accidente, mejor al hospital de la Fach donde nací.
Distribuyo
equitativamente mis pocas cosas, el departamento, la casa en la playa. La
motoneta, el porsche viejo. La cámara de fotos para Felisa, mis libros para
Juan, mis discos para ti. La bicicleta para Enrique, mis platos y vasos para mi
vieja, los cuadros para mi hermana, para su casa nueva.
Y para
terminar, te escribo que esa vez que te mostré la Playboy de la Cindy Crawford
y te dije que eras igual; hablaba en serio.
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