Llegamos al
aeropuerto con el tiempo justo. Te dejo en la puerta tres, bajo tu maleta y la
mochila, tomo el auto y parto a estacionarlo. Busco un lugar alejado por mi
manía de evitar los portazos, lo cierro y corro para alcanzarte.
Es de noche,
hace frío, estoy preocupado porque hace un día ya que tienes una puntada en el
estómago y no se te quita. Subo por el ascensor y te veo haciendo una fila
interminable, sentada sobre la maleta, doblada del dolor, balanceándote para
ver si eso te ayuda.
Me ves, te
reincorporas, sonríes para que no me
preocupe. Entonces se nos acerca una asistente de LAN y nos dice que todos los
vuelos a Colombia se cancelaron. Nos damos cuenta de que vamos a perder la
conexión a Cartagena, el hotel, el arriendo del auto, la travesía en burro, las
noches en la hamaca de Tayrona.
Miro
alrededor y la gente reclama airadamente, muchos ya perdieron la paciencia, una
vieja grita como loca porque su nieto tiene frío. Me doy cuenta de que tienes
los ojos brillantes de dolor, pero no quieres que se te note. Me preocupa de
que sea algo grave y me desespero por no saber que mierda hacer.
Me doy
cuenta de que no vamos a viajar. Pedimos un cambio de pasajes y nos agradecen
nuestra buena disposición. Volvemos a la casa, pasamos por la farmacia,
compramos Viadil.
Terminamos
en la clínica.
Nos dicen
que estás embarazada.
Te amo.
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