Son
las once y treinta. Recién terminamos de comer y mi amigo Juan me dice que lo
acompañe a saludar a alguien que está de cumpleaños. Tengo un poco de sueño, no
tengo muchas ganas, pero siempre termina convenciéndome de que me va a presentar
a alguien. Siempre el mismo cuento de que voy a encontrar a mi futura esposa,
pero termino solo y aburrido.
Subimos
por Apoquindo, doblamos un poco más arriba del Omnium y estacionamos el auto.
El conserje nos dice por el citófono que no quedan estacionamientos de visita
disponibles, así que dejamos el auto en la calle. Antes de subir, vamos a una botillería
que queda en la esquina, hacemos la fila, compramos un vodka y algunas bebidas.
Un par de Red Bull y cigarrillos.
Volvemos
a cruzar la calle, entramos al edificio, hablamos con el conserje y subimos.
Nos abre la dueña de casa, una mina de un poco más de treinta, muy simpática. Está
sola con el que imagino que es su novio. Abrimos una botella de vino tinto,
mientras Juan toma vodka.
Comienzan
a llegar el resto de los invitados, curiosamente hay pocos chilenos. Llegan
unos mexicanos, argentinos y no sé qué más. Ahora tengo más sueño. Miro los
adornos mexicanos del mueble de la entrada, los afiches de películas que están
en el pasillo, escucho Paul van Dyk con "Let Go", tomo más vino.
Entonces,
suena el timbre, y entras tú.
Te
miro.
Y
todo se va a la mierda.
Maravillosamente.
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