Te paso a
buscar en el auto. Te veo caminar, te subes.
No sé cómo darte un beso, no sé qué hablar. Prefiero subir un poco la música,
abrochar el cinturón de seguridad, bajar un poco la ventana.
Es de noche.
Estamos contra el tiempo. Por culpa del feriado, todos cierran más temprano y
no podemos encontrar esa torta de panqueque naranja que prometimos llevar cada
año al cumpleaños de tu vieja. Es una promesa rara, porque en realidad no sé si
le gusta tanto; o en realidad se transformó en un rito que nos junta una vez al
año, en la misma noche fría de otoño.
Cada año es
lo mismo, pasamos por ese lugar lleno de gente con el estacionamiento al lado.
Ese donde duermen personas en la noche. Compramos la torta, tu le compras algo a
los vagabundos y yo no digo nada. Luego te llevo a dónde tu vieja, te bajas, entras
por la puerta del edificio y me voy. Nunca hablamos.
Pero esta
noche es distinto, no encontramos la torta, hay un taco insoportable y me dices
que es un mal signo. Entonces me desespero y te digo que me esperes. Corro por
las calles, pregunto en todos los lugares por la famosa torta, corro otro poco,
vuelvo a preguntar. Me doy cuenta que empiezan a cerrar ya, que se hace tarde y
vuelvo con las manos vacías.
Entonces te
veo.
Parada en la
calle.
Con la torta
en la mano.
Te abrazo.
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