Nos juntamos
en un café, me dices que esto no puede ser más, que te cuente lo que tengo con
ella, que en qué minuto dejé de quererte, que cuándo me enamoré. Que por qué
ella.
Te digo que es
verdad. Que si tanto te importa, te lo cuento sin problemas. Que lo dije
siempre, que lo nuestro no funcionaba por tu frialdad y porque nunca pudiste
decirme que me amabas. Que me aburrí de estar contigo pero sentirme solo. Que
me aburrí que te burlaras de mis historias y que me trataras de mentiroso y de soñador.
Que me aburrí de tu poco compromiso y que siempre buscaras en mí la explicación
de tu falta de amor.
Que sí, que
es verdad que le conté mis historias, pero que ella es distinta. Que ella un
día, me escribió las suyas, y no lo vi venir. Que no supe qué responder ni
qué hacer. Que a todo esto, no era necesario hacerlo tampoco. Que no me dejó siquiera
respirar, y me siguió escribiendo, y que ya no hubo vuelta atrás.
Que ella sí
sabe dar besos y abrazos, que ella sabe
dormir abrazada, que sabe no dormir y hablar hasta las cuatro de la mañana.
La
conversación sube de tono, la gente de las mesas de al lado, observan.
Me preguntas
que si fue en la fiesta famosa cuando comenzó todo.
Te digo que
no.
Que fue
cuando le regalé una cuchara de palo.
Y un sartén.
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