Siempre quise más de ti.
En realidad lo quería todo y me lo diste.
O casi.
Siempre quedó ese pendiente y a medida que llevábamos más tiempo juntos, el
tema empezó a aparecer. Primero medio en broma, luego no tanto.
Te pregunté por
qué me lo negabas.
Al principio evadiste las preguntas y luego me confesaste la verdad.
O a medias. O eso creo.
Algo de unas
experiencias anteriores con tus ex novios que no funcionaron.
Como que lo hiciste con todo tu cariño y dedicación, pero no fue apreciado.
Que después se volvió una lata y, no me lo dijiste, pero en la nostalgia de tus
ojos noté un desagrado. Un cierto hastío de la situación que transformó mi
curiosidad estúpida en preocupación.
Pensé en
preguntarte más sobre el tema, pero me dio miedo que sintieras que me estaba obsesionado
con la cuestión.
Que era un bruto más de la colección y que no representaba ninguna diferencia.
Tuve miedo que fuera algo mucho más grave de lo que me contaste, y eso
explicaría muchas cosas, pero fui un cobarde y no me atreví por miedo a develar
una historia muy fea.
Dejé pasar el
tiempo, me hice el tonto.
Pero siempre que estábamos ahí, existía la incomodidad si dar el paso y romper
ese mito.
Finalmente la
vida nos separó.
Pero nos volvimos a juntar más pronto que tarde.
Y entonces, me lo
diste.
El mejor pollo al cognac del universo.
La famosa receta de tu familia.