jueves, 9 de agosto de 2012

No más noches


Se supone que no debió ser así. Teníamos una hora para tomar un café juntos, pera conversar, para  tomarnos las manos bajo la mesa, o algo parecido. Pero desde que nos sentamos, tuve el presentimiento de que algo malo iba a pasar. La mesa que quisimos ocupar estaba ocupada por un letrero de ocupado. Tuvimos que pedir que alguien nos atendiera cuando ya había pasado mucho rato.

Se supone que no debió ser así. Que era mejor pedir un par de cafés con medialunas, pero tu colon y mi mis ganas de empatizar, terminaron con dos jugos y un par de muffins. Siempre caminamos por esta calle, siempre miro este café. Te insisto, sin mucha simpatía, de que es extraño que nunca lo hubieras visto. Me respondes, con odiosidad, de que no eres tan perfecta como yo.

Se supone que no debió ser así. Que ya habíamos acordado de que era una falta de respeto, y de cariño por cierto, esa cosa de hablar o teclear por el bendito teléfono cuando estábamos conversando algo importante. Pero no, insististe que tenías que contestar, que podía ser alguien de la pega.

Se supone que no debió ser así. Que ya habías terminado esa vieja relación enferma, que ya no te iba a llamar más. Menos que te ibas a hacer la desentendida y que me ibas a mentir cuando te pregunté quien llamó.

Se supone que no debió ser así. Que ya no iban a haber más noches tristes.

lunes, 6 de agosto de 2012

Salir de viaje


Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo. Te dejo en la puerta tres, bajo tu maleta y la mochila, tomo el auto y parto a estacionarlo. Busco un lugar alejado por mi manía de evitar los portazos, lo cierro y corro para alcanzarte.

Es de noche, hace frío, estoy preocupado porque hace un día ya que tienes una puntada en el estómago y no se te quita. Subo por el ascensor y te veo haciendo una fila interminable, sentada sobre la maleta, doblada del dolor, balanceándote para ver si eso te ayuda.

Me ves, te reincorporas,  sonríes para que no me preocupe. Entonces se nos acerca una asistente de LAN y nos dice que todos los vuelos a Colombia se cancelaron. Nos damos cuenta de que vamos a perder la conexión a Cartagena, el hotel, el arriendo del auto, la travesía en burro, las noches en la hamaca de Tayrona.

Miro alrededor y la gente reclama airadamente, muchos ya perdieron la paciencia, una vieja grita como loca porque su nieto tiene frío. Me doy cuenta de que tienes los ojos brillantes de dolor, pero no quieres que se te note. Me preocupa de que sea algo grave y me desespero por no saber que mierda hacer.

Me doy cuenta de que no vamos a viajar. Pedimos un cambio de pasajes y nos agradecen nuestra buena disposición. Volvemos a la casa, pasamos por la farmacia, compramos Viadil.

Terminamos en la clínica.

Nos dicen que estás embarazada.

Te amo.

domingo, 5 de agosto de 2012

Vivir juntos


Ponemos sobre la mesa las galletitas con el queso camembert, el salame, el plato con dulce de membrillo, el queso chanco laminado, el pocillo con huevo, los vasos con leche cultivada y de la otra. Las magdalenas, el jugo, la frutilla picada con plátano, el té inglés, el agua con cascarita de limón.

Luego del desayuno, recogemos las cosas, limpiamos la mesa y armamos el tablero de monopolio. Tengo buena suerte en los dados, compro todo lo que se me pone por delante, mientras los niños tratan de quedarse con los barrios que sobran. A ti la suerte no te acompaña, en cinco vueltas no logras pasar por el banco, tienes solo una propiedad comprada, vives pagando rentas al resto.

Dejamos el juego inconcluso, nos duchamos con cronómetro para repartir el agua caliente del termo, todos se visten y yo te seco el pelo. Buscamos las entradas que compramos por anticipado, nos abrigamos un poco más, nos subimos a nuestro auto viejo y nos vamos al cine. Trato de convencerlos que no compremos ni cabritas, ni bebidas, ni nada. Les digo que la película ya empezó, que debe estar llena la sala. Pero no, ganan ustedes y terminan riéndose de mí porque hay cinco personas sentadas aparte de nosotros. Además la película se demora en empezar unos diez minutos más, entre tanta tontera que pasan antes.

Volvemos, almorzamos y nos metemos todos juntos a la cama para seguir viendo películas.

Traigo la cámara, nos saco una foto.


Sonreímos.

martes, 31 de julio de 2012

Los tuyos y los nuestros


Lola no termina nunca de armar su maleta. A pesar de que echó todos sus vestidos y sus zapatos de charol, dice que le falta un poco, que la esperemos. Se parece tanto a ti, aparte de las orejas, del pelo negro largo, de las cejas; se parece en que se demora una eternidad en estar lista para salir.

Ramuntcho espera sentado sobre su mochila. Es pequeña, bien armada, con lo justo y necesario. Me mira con cara de risa por mi desesperación de no poder partir. Escucha un Ipod, canta en inglés perfecto canciones de hace diez años atrás. Es tan distinto a ti y a mí.

Nos subimos al auto, subimos por Santa María, llamo por celular para que baje el triple pack, como cariñosamente los bautizaste.

Pablo viene con su mochila, con una bolsa con los zapatos de los dos, y con un bolso de mano en que trae su ajedrez, el computador y los juegos del Rafa. Pablo le cuesta mirar a los ojos. Cuando lo hace, se queda mirando de lado, como pensando.

El Rafa saluda a los más chicos poniéndoles caras divertidas. La Lola y Ramuntcho le celebran todo, mientras Pablo mueve la cabeza con desaprobación. El Rafa es el centro de mesa y el alma de la fiesta.

La Verito se acerca a mi ventana, me dice que quiere manejar ella.

Nunca le diría que no a algo que me pidiera.

Pasamos a Huentelauquén, a comer empanadas.

Amor a primera vista


Quedamos de juntarnos con la corredora en el departamento 1503 a las cinco en punto. Llego cinco minutos antes, me estaciono en la cuadra anterior, camino apurado, saludo al conserje y espero el ascensor. Pienso que llevo mucho tiempo buscando este departamento. Que es perfecto. Que firmo hoy y me cambio en un par de semanas.

Subo al ascensor, marco el quince, espero que se cierre la puerta. Entonces la puerta se vuelve a abrir y aparece ella. Alta con su abrigo azul, con la chasquilla recortada. Apenas me saluda y vuelve a marcar el quince. La miro de reojo, trae un archivador, unos libros y unas hojas con apuntes. Alcanzo a leer que se trata de un magister. Tiene cara de cansada.

Mis ganas de ser amable le ganan a la ansiedad, la dejo bajar primero, camino casi a su lado por el pasillo estrecho. Para mi curiosidad, se detiene frente a la puerta del 1503 y toca el timbre. Entramos al living. Saludo a la corredora y trato de explicarle que no venimos juntos. Sin embargo, nos cuenta que la llamamos el mismo día, que hicimos la oferta a la misma hora, que nos pongamos de acuerdo sobre quién se queda con el departamento.

Extrañamente, por primera vez no siento rabia ni frustración.

La miro, le digo que ella decida.

Que si le parece, nos casemos y vivamos juntos.

Me dice que no sabe cocinar.

Le digo que eso ya no me importa más.

domingo, 29 de julio de 2012

Baile de bodas


No hace mucho calor, corre un viento tibio. Cien de nuestros mejores amigos y familiares nos abrazan. Me pasas la libreta de familia para que no se pierda, la trato de meter en el bolsillo de la chaqueta y me doy cuenta de que sigue cosido, a pesar de que no es nueva.

Miro tu vestido blanco. Es corto, harto más arriba de la rodilla. Es asimétrico, un hombro queda a la vista y el otro tapado. Tiene un cuello alto y apretado, y un bolsillo en la parte de abajo que calza con el hombro descubierto.

Sirven champaña, la gente brinda, suena una canción de Soraya, todo el mundo ríe. Entonces pasa lo que mil veces te dije que no quería. Hablamos de eso muchas veces y fue lo único que te pedí. Del resto no opiné nada, pero esto para mí era importante. Suena el vals. Todo el mundo hace un círculo alrededor nuestro.

Te miro con cara entre súplica y rabia. Te encoges de hombros haciendo un gesto de inocencia, te acercas y tomas mi mano. Siento como todos están mirando. Quiero escapar de ese lugar.

Entonces, bailamos. Y cuando creo que viene lo peor, recuerdo esas tardes de miércoles en la casa de Bellavista cuando mi vieja bailaba conmigo un vals, me marcaba el ritmo, me contaba los compases. Yo tenía ocho años.

Te digo al oído que mi vieja me enseñó a bailar.

Me dices que a ti te enseñó tu papá.

sábado, 28 de julio de 2012

Amor (dos)


Nunca encontré cómo decírtelo. Que me gustabas, que quería invitarte a salir. Fue imposible. Yo no existía para ti. A pesar de que nos cruzamos un montón de veces en el ascensor de dónde trabajábamos.

Entonces desistí de la idea, lo olvidé, te cambiaste de pega y no nos vimos más. Hasta ese día que, de borracho, le pinté amarillo el techo a mi auto negro y salí en la mitad de la noche a buscar pasajeros,  me paraste en Apoquindo, y te subiste pidiéndome que te llevara al aeropuerto.

No dije nada, pensé que me ibas a reconocer, pero no. Como siempre, no pude hablar, y me quedé en blanco. No atiné a nada mejor que poner una canción de Sabina que una vez contaste que te gustaba. Tampoco resultó, me dijiste que por favor apagara la música y que no te hablara.

Me dices que me vaya por Vespucio y no por la Costanera Norte. Me dices que suba la calefacción, que tienes un frío de mierda. Me conformo con mirarte por el retrovisor en la oscuridad, mientras tecleas en dos teléfonos a la vez. Me dices que mire para adelante mejor, que vamos a chocar si te sigo mirando para atrás.

Pierdo la paciencia y te digo que te conozco.

Me dices que sabes perfectamente quién soy, y que soy un patético por estar jugando al taxi un jueves en la madrugada en vez de invitarte a salir.

Miro hacia adelante.

No sé qué decir.