Despierto a las seis y media de la mañana, mirando los muros de mi pieza color azul. ¿A quién se le ocurre pintar de ese azul horrible? Obviamente lo hice en un minuto de depresión en el cual creía que ese color me iba a subir el ánimo, pero no.
Prendo el computador para meterme a facebook, twitter y cuanta cosa me de información sobre ti, pero no hay nada nuevo. Las mismas fotos de hace un par de meses en que dejamos de vernos.
Reviso los correos y nada, el pronóstico del tiempo, los resultados del fútbol, el horóscopo, los diarios, el saldo del banco, las cuentas por pagar, hasta que junto como veinte páginas abiertas.
Todavía tengo un poco de fiebre, la nariz hecha mierda de tanto sonarme, un dolor de guata feroz, por los remedios, y la maldita rodilla con una puntada insoportable.
Miro la fecha en la pantalla y me doy cuenta que hoy es veintinueve, el día en que comíamos ñoquis, como los argentinos. Con pesto, con crema, con camarones, con lo que fuera. Irrenunciablemente todos los putos y santos veintinueves, en un rito que me gustaba tanto, porque poníamos la moneda debajo del plato y toda la cosa.
A pesar de ser una idea estúpida, agarro el celular y te llamo. Me preguntas por qué mierda te llamo tan temprano. Te respondo con la historia de los ñoquis, por si quieres venir hoy.
Me dices que no puedes.
Que tienes hora para depilarte.
jueves, 29 de diciembre de 2011
martes, 20 de diciembre de 2011
La transición
Despierta luego de horas de ronquidos, me mira y pregunta -¿Me amas?-
-Por supuesto que te amo- respondo mientras la abrazo hasta asfixiarla.
Se levanta y para variar cierra la puerta del baño con un portazo "sin querer", moja el piso del baño por no cerrar bien la cortina, deja el lavamanos lleno de pelos y de pasta de dientes. Miro su ropa tirada por toda la pieza, tiras de remedios desordenadamente a medio gastar, el celular arreglado con scotch.
Miro los sillones gastados en los bordes y brazos por los rasguños de su gato, miro mi escritorio lleno de sus papeles, notas, fotos, lápices y recortes en el desorden más brutal. Miro los discos rayados, apilados afuera de sus cajas, miro la alfombra con manchas de Coca-Cola light, las almohadas manchadas con tintura de pelo al igual que las toallas.
Miro los lomos de mis libros rotos por esa manía de abrirlos hasta atrás, miro mis marcos de fotos arrumados en la repisa que está llena de sus fotos pegadas con tape, miro mi equipo de música lleno de sus huellas digitales, miro mi cámara afuera de sus estuche y sin la tapa del lente.
Sale del baño, con mi camisa favorita puesta como bata, tira la toalla en el piso y se para sobre ella. Apaga la música que estoy escuchando y se me acerca, mojando todo el diario a su paso.
Me mira coqueta mientras se pone unos calzones floreados.
-Son del Líder- me dice.
-Por supuesto que te amo- respondo mientras la abrazo hasta asfixiarla.
Se levanta y para variar cierra la puerta del baño con un portazo "sin querer", moja el piso del baño por no cerrar bien la cortina, deja el lavamanos lleno de pelos y de pasta de dientes. Miro su ropa tirada por toda la pieza, tiras de remedios desordenadamente a medio gastar, el celular arreglado con scotch.
Miro los sillones gastados en los bordes y brazos por los rasguños de su gato, miro mi escritorio lleno de sus papeles, notas, fotos, lápices y recortes en el desorden más brutal. Miro los discos rayados, apilados afuera de sus cajas, miro la alfombra con manchas de Coca-Cola light, las almohadas manchadas con tintura de pelo al igual que las toallas.
Miro los lomos de mis libros rotos por esa manía de abrirlos hasta atrás, miro mis marcos de fotos arrumados en la repisa que está llena de sus fotos pegadas con tape, miro mi equipo de música lleno de sus huellas digitales, miro mi cámara afuera de sus estuche y sin la tapa del lente.
Sale del baño, con mi camisa favorita puesta como bata, tira la toalla en el piso y se para sobre ella. Apaga la música que estoy escuchando y se me acerca, mojando todo el diario a su paso.
Me mira coqueta mientras se pone unos calzones floreados.
-Son del Líder- me dice.
jueves, 15 de diciembre de 2011
La insegura
Estamos comiendo en un restaurant en Valparaíso con esta mujer hermosa, le tomo la mano y le pregunto si quiere ser mi novia. Ella saca un papel arrugado del bolsillo, lo desliza sobre la mesa y me lo pasa.
Hay escrito siete párrafos, con una letra perfecta:
Quiero saber si bailas, o te aburre, o en realidad eres un fome, o en realidad quiero saber quién eres y en la pasada, si sabes bailar. O no.
Quiero saber si eres igual al resto, o no, o diferente, o diferente pero igual que el resto.
Quiero saber ahora si me amas, o no, o fue solo el fin de semana en Viña, o realmente me amas y es para siempre, o no.
Quiero saber si solo querías conseguir eso, o no, o intuyo que algo malo viene, o no, o me vas a dejar de querer, o nunca me quisiste realmente, o eres igual que el resto, o no.
Quiero saber si en la tarde cuando no me llamas, piensas en mí, o no, si de alguna forma te proyectas conmigo, o no, o ha pasado muy poco tiempo o no.
Quiero saber si me encuentras hermosa como dices, o no, si me admiras, o es todo mentira y ya no me quieres ver, o me quieres ver, o dices que me quieres ver, y cuando nos vemos, realmente no me quieres ver y eres igual que el resto. O no.
Creo que soy insegura. ¿O no?
¿Me amas?
Hay escrito siete párrafos, con una letra perfecta:
Quiero saber si bailas, o te aburre, o en realidad eres un fome, o en realidad quiero saber quién eres y en la pasada, si sabes bailar. O no.
Quiero saber si eres igual al resto, o no, o diferente, o diferente pero igual que el resto.
Quiero saber ahora si me amas, o no, o fue solo el fin de semana en Viña, o realmente me amas y es para siempre, o no.
Quiero saber si solo querías conseguir eso, o no, o intuyo que algo malo viene, o no, o me vas a dejar de querer, o nunca me quisiste realmente, o eres igual que el resto, o no.
Quiero saber si en la tarde cuando no me llamas, piensas en mí, o no, si de alguna forma te proyectas conmigo, o no, o ha pasado muy poco tiempo o no.
Quiero saber si me encuentras hermosa como dices, o no, si me admiras, o es todo mentira y ya no me quieres ver, o me quieres ver, o dices que me quieres ver, y cuando nos vemos, realmente no me quieres ver y eres igual que el resto. O no.
Creo que soy insegura. ¿O no?
¿Me amas?
lunes, 12 de diciembre de 2011
Cuba Libre
Viajamos por la carretera que va desde Santiago de Cuba a Baracoa. El trayecto no es muy largo, pero si toma tiempo porque hay que atravesar la cuesta interminable que pasa por Alto de Cotilla. Por una casualidad tenemos puesto un casette de Prodigy, el típico de la portada con una especie de jaiba.
Luego de un buen rato llegamos al lugar. Nada nos llama mucho la atención. Recorremos un poco a pie y pronto nos subimos al auto para volver a Santiago de Cuba.
Para hacerlo más entretenido, escogemos un camino alternativo que no aparece en el mapa. Ocupo el sol como orientación y avanzamos mucho rato en lo desconocido. En un momento, no vemos casas o personas a las que preguntarle por nuestro destino. El sol comienza a ponerse.
Detenemos el auto en la mitad del camino abandonado, apagamos la radio que a esta altura resulta desagradable. Te bajas y olvido mi idea de decirte que te pongas los zapatos. Me doy vuelta para mirarte y observo que caminas adentrándote en el pastizal con la mirada perdida.
Sin dejar de caminar, levantas los brazos y juntas las manos por detrás de la cabeza como si te estuvieras estirando. Vas vestida entera de blanco que contrasta con tu pelo negro liso. No me atrevo a llamarte, solo contemplo como desapareces en el horizonte.
Me siento sobre el capó y prendo el último cigarrillo que tenemos.
Lo fumo hasta la mitad.
Me lo apago en un brazo.
Quema.
Luego de un buen rato llegamos al lugar. Nada nos llama mucho la atención. Recorremos un poco a pie y pronto nos subimos al auto para volver a Santiago de Cuba.
Para hacerlo más entretenido, escogemos un camino alternativo que no aparece en el mapa. Ocupo el sol como orientación y avanzamos mucho rato en lo desconocido. En un momento, no vemos casas o personas a las que preguntarle por nuestro destino. El sol comienza a ponerse.
Detenemos el auto en la mitad del camino abandonado, apagamos la radio que a esta altura resulta desagradable. Te bajas y olvido mi idea de decirte que te pongas los zapatos. Me doy vuelta para mirarte y observo que caminas adentrándote en el pastizal con la mirada perdida.
Sin dejar de caminar, levantas los brazos y juntas las manos por detrás de la cabeza como si te estuvieras estirando. Vas vestida entera de blanco que contrasta con tu pelo negro liso. No me atrevo a llamarte, solo contemplo como desapareces en el horizonte.
Me siento sobre el capó y prendo el último cigarrillo que tenemos.
Lo fumo hasta la mitad.
Me lo apago en un brazo.
Quema.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Quédate conmigo
Es un fin de semana maravilloso contigo. Costó mucho esfuerzo y harta paciencia. Pero al fin estamos juntos y fue tal como imaginé.
El día es soleado, corre viento que mueve los árboles gigantes, un riachuelo sombreado y la risa de los amigos hace que la escena sea perfecta. De fondo suena Juan Gabriel para darle un aire más kitsch al asunto todavía.
Alguien prende un porro y me fumo un par de piteadas. Tomo una copa más de vino y entonces me das la mano para que vayamos a caminar un rato. Damos una vuelta completa alrededor de la casa, hasta que llegamos a la entrada donde hay un espejo de agua.
Siento la cabeza en las nubes y te miro a contraluz. Te quedas fija unos segundos mirándome, como para que te tome una foto. Reviso los bolsillos y no tengo el celular, pero no importa porque comprendo que nunca voy a olvidar ese momento.
Te comento que es el final del recorrido, porque no hay pasada a través del agua, pero me preguntas -¿Y si atravieso saltando?- No atino a decir nada, cuando te sacas los zapatos, tomas vuelo y saltas. Caes graciosamente al otro lado.
Tengo la copa de vino en una mano y tus zapatos en la otra, tomo aire y te digo -Casémonos-.
Te ríes y gentilmente me dices:
-Ya po' no te pongai' tonto, cuando quieras me llamas de nuevo, total son solo trescientas lucas-
-Me podí' pagar en tres cheques-
El día es soleado, corre viento que mueve los árboles gigantes, un riachuelo sombreado y la risa de los amigos hace que la escena sea perfecta. De fondo suena Juan Gabriel para darle un aire más kitsch al asunto todavía.
Alguien prende un porro y me fumo un par de piteadas. Tomo una copa más de vino y entonces me das la mano para que vayamos a caminar un rato. Damos una vuelta completa alrededor de la casa, hasta que llegamos a la entrada donde hay un espejo de agua.
Siento la cabeza en las nubes y te miro a contraluz. Te quedas fija unos segundos mirándome, como para que te tome una foto. Reviso los bolsillos y no tengo el celular, pero no importa porque comprendo que nunca voy a olvidar ese momento.
Te comento que es el final del recorrido, porque no hay pasada a través del agua, pero me preguntas -¿Y si atravieso saltando?- No atino a decir nada, cuando te sacas los zapatos, tomas vuelo y saltas. Caes graciosamente al otro lado.
Tengo la copa de vino en una mano y tus zapatos en la otra, tomo aire y te digo -Casémonos-.
Te ríes y gentilmente me dices:
-Ya po' no te pongai' tonto, cuando quieras me llamas de nuevo, total son solo trescientas lucas-
-Me podí' pagar en tres cheques-
lunes, 5 de diciembre de 2011
Clases de baile
Siembre quise invitar a salir a la rubia de cuarto piso, mi vecina.
Sabía perfecto que había terminado con su novio hace poco. Además sabía, que ella le gustaba el baile, a sobremanera. La veía salir a sus clases de flamenco, o con zapatos de Tap, o vestida para el tango.
Todos los martes salía como a las ocho de la noche a eso del baile, religiosamente. Ahí fue cuando vi la oportunidad.
Siento su puerta, y salgo por la mía, con mis zapatos de baile, recién comprados, en la mano. Ella me queda mirando curiosa, y yo hago como si nada. Nos subimos al ascensor y no puede evitarlo. -¿Tú bailas?- me pregunta. -Sí, claro, como todo el mundo- respondí haciéndome el interesante. Entonces hablamos sobre el tema, ofrecí llevarla y quedamos en salir a la semana siguiente. A bailar, por supuesto.
Me tomé la semana completa, fui a clases de ocho horas diarias, hasta que supe que estaba listo.
Salimos al famoso salón de baile, ella con un vestido rojo y un peinado perfectos, yo cagado de susto. Entonces pasó que nos sentamos, pedimos unos tragos y luego otros, hablamos hasta el infinito de nuestras vidas, de los viajes , de los miedos, de astrología.
De bailar, nada.
Pasaron las horas, ella, como una niña, apoya sus dos pies sobre mis rodillas, miro sus zapatos brillantes y sus uñas rojas y me dice, -¿Vamos a mi casa?-
Le hago cariño en los tobillos.
Calza ocho.
Sabía perfecto que había terminado con su novio hace poco. Además sabía, que ella le gustaba el baile, a sobremanera. La veía salir a sus clases de flamenco, o con zapatos de Tap, o vestida para el tango.
Todos los martes salía como a las ocho de la noche a eso del baile, religiosamente. Ahí fue cuando vi la oportunidad.
Siento su puerta, y salgo por la mía, con mis zapatos de baile, recién comprados, en la mano. Ella me queda mirando curiosa, y yo hago como si nada. Nos subimos al ascensor y no puede evitarlo. -¿Tú bailas?- me pregunta. -Sí, claro, como todo el mundo- respondí haciéndome el interesante. Entonces hablamos sobre el tema, ofrecí llevarla y quedamos en salir a la semana siguiente. A bailar, por supuesto.
Me tomé la semana completa, fui a clases de ocho horas diarias, hasta que supe que estaba listo.
Salimos al famoso salón de baile, ella con un vestido rojo y un peinado perfectos, yo cagado de susto. Entonces pasó que nos sentamos, pedimos unos tragos y luego otros, hablamos hasta el infinito de nuestras vidas, de los viajes , de los miedos, de astrología.
De bailar, nada.
Pasaron las horas, ella, como una niña, apoya sus dos pies sobre mis rodillas, miro sus zapatos brillantes y sus uñas rojas y me dice, -¿Vamos a mi casa?-
Le hago cariño en los tobillos.
Calza ocho.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Los Vampiros
Miro el desastre que tengo en la pieza del hotel. Siempre lo mismo, las cosas tiradas por todas partes, la ropa de anoche pasada a cigarrillo, las carpetas para la reunión de hoy esparcidas por el suelo.
Debiera levantarme de una vez, pero sigo tapado, abrazado a la almohada, con la mitad de la cama intacta. Nunca me acostumbré a dormir solo, nunca dejé de ocupar el lado derecho, nunca me gustaron los hoteles.
Suena el teléfono, contesto, y una voz amable me avisa que me están esperando abajo.
Prendo la radio del despertador y suena la canción de la Annie Lenox, la de los vampiros. La misma que tanto te gustaba y que escuchábamos cien veces seguidas en el auto cuando íbamos al norte. En realidad no me acuerdo si te gustaba tanto la canción, o es la excusa para pensar en ti.
Nunca me perdonaste que tomara esta pega de viajes eternos. Cada vez nos empezamos a ver menos, ya no íbamos a la casa de la playa, no celebrábamos los cumpleaños, dejamos de viajar. Y nos fuimos separando de a poco. Muy de a poco.
El teléfono vuelve a sonar y no contesto. No quiero hablar con nadie ahora.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, pienso en ese domingo que me fuiste a dejar abajo en pijama, que nos dimos el beso más cariñoso del universo.
Pienso en que prometí cuidarte para siempre, y no cumplí mi palabra.
Tomo el teléfono, marco tu número, contestas.
Debiera levantarme de una vez, pero sigo tapado, abrazado a la almohada, con la mitad de la cama intacta. Nunca me acostumbré a dormir solo, nunca dejé de ocupar el lado derecho, nunca me gustaron los hoteles.
Suena el teléfono, contesto, y una voz amable me avisa que me están esperando abajo.
Prendo la radio del despertador y suena la canción de la Annie Lenox, la de los vampiros. La misma que tanto te gustaba y que escuchábamos cien veces seguidas en el auto cuando íbamos al norte. En realidad no me acuerdo si te gustaba tanto la canción, o es la excusa para pensar en ti.
Nunca me perdonaste que tomara esta pega de viajes eternos. Cada vez nos empezamos a ver menos, ya no íbamos a la casa de la playa, no celebrábamos los cumpleaños, dejamos de viajar. Y nos fuimos separando de a poco. Muy de a poco.
El teléfono vuelve a sonar y no contesto. No quiero hablar con nadie ahora.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, pienso en ese domingo que me fuiste a dejar abajo en pijama, que nos dimos el beso más cariñoso del universo.
Pienso en que prometí cuidarte para siempre, y no cumplí mi palabra.
Tomo el teléfono, marco tu número, contestas.
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