martes, 28 de febrero de 2012

Helena

Porque no me gusta ese supermercado de playa que todo cuesta el triple.
Porque sigo pensando en ti, en que quizás fuiste la mujer de mi vida.
Porque estoy en el supermercado, con todas esas cosas en la cabeza, esperando con un cartón de cigarrillos, una botella de vodka, unas pastillas de menta y entra la Helena.
Porque viene con una lista, escrita a mano, al verme me confunde con un vendedor y me pasa la lista para que la ayude.
Porque la lista está escrita con tu letra, y no necesito leerla para acordarme de las cosas que te gustaban al desayuno.
Porque la Helena me habla, contándome que ella se parece mucho a su mamá, la que escribió la lista, y que está con un señor ese, que no es nada de simpático, y que no soporta que todo el día le pregunte cosas para agradarle.
Porque le hablo de que la gente grande no sabe comunicarse con los niños y que le tenga paciencia, que si su mamá está feliz, que qué importa y qué más da.
Porque terminamos con la lista, le ayudo con lo de las bolsas, el vuelto y salimos caminando juntos.
Porque me termino dando cuenta de que viste toda la puta escena sentada afuera del supermercado y me miras con cara de ternura maternal.
Porque solo atino a moverte una mano y encogerme de hombros.

Porque llego a la casa y me doy cuenta de que olvidé el agua tónica.

jueves, 23 de febrero de 2012

La fiera

Caminamos con la Cata por la feria de Tongoy con la misión imposible de buscar un jabón, entre los tomates y las uvas que ya encontramos. Todo por no hacer la fila en la maldita farmacia, llena con gente intoxicada o insolada del verano. Es una verdadera procesión de gente que nada tiene que ver con el pueblo, todos con anteojos de sol que les tapan casi la mitad de la cara.

En el comienzo de la feria, en la calle principal, la con el bandejón al medio, figuran una infinidad de camionetas y cuatro por cuatro estacionadas de las maneras más absurdas. Entonces, en una esquina, veo el jeep de la Amanda, la que abandoné sin explicaciones para irme con su mejor amiga de la universidad. Empiezo a mirar alrededor, rogando que no esté.

Caminamos apurados. La Cata se detiene un minuto a mirar unos duraznos, cuando sucede. Sin ver de dónde ni cómo, siento que alguien me empuja con todas sus fuerzas hacia uno de los puestos de la feria. Mientras voy cayendo, alcanzo a ver en cámara lenta, los lentes café que le regalé a la Amanda, el cielo que se está despejando, la mirada incrédula de la Cata y del resto de los feriantes.

Aterrizo escandalosamente sobre un millón de objetos diversos, rompiendo una mesa de madera.

Siento un dolor de espalda como si algo se hubiera roto.

Miro al lado, desparramados en el suelo, una infinidad de jabones de todos los colores posibles.

sábado, 18 de febrero de 2012

Hablar de ti

Me levanto después de al fin haber dormido algo, después de una semana de insomnio. Prendo el computador y busco si escribiste algo que me haga sentido, algo que me de una señal de que no me olvidaste.

Pongo la cafetera, pongo " Hablar de ti" de Manuel García, leo tus historias y quiero imaginar que piensas en mí. Recuerdo esa vez que te tiré el pelo y reíste, recuerdo las veces que reímos de mis manías compulsivas.

Busco en el refrigerador algo para el desayuno, y solo veo un poco de dulce de membrillo. Me parece buena idea, porque me recuerda mucho a ti. Ese sabor del primer día en que nos fuimos a vivir juntos, las veces que íbamos al supermercado de la esquina y comprábamos el famoso dulce en menos de luca, lo que era un lujo en ese tiempo.

Corto un pedazo, lo pongo en la mesa de la terraza, pero la alarma de la lavadora me interrumpe. Saco la ropa que se acaba de lavar, la cuelgo minuciosamente ordenada, me quedo minutos pegado mirando que, sin darme cuenta, lavé cosas tuyas que dejaste abandonadas.

Los ojos se me llenan de lágrimas y corro con la vista borrosa a comer nuestro dulce de membrillo. Siento ese sabor intenso, demasiado. Más de lo que recordaba. Manuel García sigue cantando, y siento una picazón indescriptible en la boca.

Miro mi reflejo en la cafetera.

Cientos de hormigas salen de mi boca.

No paro de llorar.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Los desvelos

Siempre a la misma hora de los jueves, por la misma ciclovía de Pocuro. En verano o invierno. Siempre se detiene a descansar con la bicicleta en el banco frente a mi terraza. Ella tiene esos cascos que los audífonos incorporados, y tararea la misma canción mientras descansa.

Fue más mi curiosidad que mi aburrimiento la que me hizo bajar la primera vez. Curiosidad por saber que canción escuchaba más que saber cómo se llamaba o que hacía. Hasta que tomé mis llaves, mis cigarrillos y bajé.

Ella sigue ahí, haciendo sus ejercicios, tarareando la canción. A un par de metros de distancia, me doy cuenta de que escucha "The District Sleeps Alone Tonight". Apago el cigarrillo, me acerco y le pregunto su nombre. Me dice que se llama Luna. Yo la miro sin saber si es una broma. Ella ríe. Me cuenta que no le gusta usar casco, pero que lo ocupa porque tiene esos audífonos y funcionan. Que en el invierno ocupa un traje de lluvia.

Todos los jueves nos vemos, nunca faltamos a la cita. Excepto esta semana, que volvió la Andrea y celebramos su cumpleaños. Cada cierto rato me asomo a la terraza, para ver si llegó Luna y hacerle una seña. Estamos en lo del cumpleaños feliz, con las luces apagadas, las velas prendidas, las miradas cómplices, cuando siento el vidrio romperse, algo entra y cae directo sobre la torta.

Es una piedra envuelta en un papel.

Lo abro, dice: -Pinché un neumático!-

lunes, 13 de febrero de 2012

Concepción

La barrera del estacionamiento no se abre, a pesar de que ya saqué el ticket. Es casi la una de la mañana, no hace frío. El bus en que viene la Concepción, ya llegó. Finalmente un guardia con una radio, me ayuda. Logro entrar, bajo al subterráneo y estaciono el auto al lado de la escalera.

Salgo a los andenes, llenos de basura y de gente con actitud que me da miedo. Creo que es una mala idea llegar a esta hora en bus, salir a la Alameda y tomar un taxi. El metro está cerrado y es imposible subir a una micro con esa maleta. Por eso la vine a buscar, porque a pesar de que ya no estamos juntos, me da miedo que algo le pase.

El bus tiene dibujado un pájaro azul, ella baja con su vestido blanco de cuentos. La veo tan joven, con esa maravillosa sonrisa inocente, con sus dientes grandes y blancos, con las cejas tupidas, con su manera de hablar. Me abraza afectuosamente, tomo su maleta, partimos.

No hablamos en el camino, irónicamente suena "Terrible love" de The National en la radio. Llegamos a la puerta de su casa en Providencia e inevitablemente termino hablando de lo mismo. Que yo soy muy viejo para ella, que tengo dos hijos, que no puedo comprometerme en este momento, que me gusta mucho, pero es mejor dejarlo así.

Entonces, entre lágrimas, me dice que tiene que confesarme dos cosas:

-Primero, te amo.-
-Segundo, tengo quince.-

viernes, 10 de febrero de 2012

Fuera del mundo

Logramos entrar al estadio justo antes de que se apaguen las luces, no hace frío, está a punto de llover. El cambio de clima hace que me duela la rodilla, igual que a los viejitos. Caminamos colándonos entre la gente. Empieza la música, todo el mundo comienza a saltar y prefiero quedarme a salvo en un lugar desocupado.

-Vamos más adelante- me grita la Cecilia.

Le digo que vaya ella, que mi rodilla, que estoy viejo, que en fin.
Le muestro un cartel de Coca-Cola en el fondo y le digo que si nos perdemos nos encontremos ahí en el final.

Ella se pierde entre la gente, con la mirada ida y tengo miedo de que lo que le dije lo olvide. Así es ella. Fuera de este mundo, mucho más joven y loca que yo. Así es ella; incomprensible, incontrolable. Impredecible.

La estridencia de la música, los grupos que saltan y se pegan unos a otros, las poleras negras con una mano tratando de agarrar algo. Todo me produce un pavor incontrolable, comienzo a retroceder hasta quedar bajo el famoso letrero.

Las canciones se me hacen interminables hasta que todo termina y se prenden las luces. Espero por la Cecilia hasta que se vacía el estadio y no queda nadie. La llamo a su celular y no contesta. Pregunto por ella en las enfermerías de emergencia debajo de unas carpas.

Finalmente me llama al teléfono y me grita:

-Estuvo increíble, estoy en el auto!, ¿Dónde estás?-

lunes, 23 de enero de 2012

La espera

Siempre tomo el café de los lunes en el mismo lugar, a la misma hora. Siempre en la misma mesa con el muro pintado azul, en donde la Andrea me dijo que nuestro matrimonio se había terminado.

Camino hacia el café como siempre, y veo que la mujer que conocí en la fiesta de año nuevo está sentada en mi mesa, esperando con un café. Lo pasamos bien, salimos un par de veces, pero cuando empezó a llamarme de madrugada, o a esperarme afuera de mi casa, la corté.

Sigo de largo, esperando que no me vea, cruzo la calle y entro al banco. Saco una cartola y salgo caminando en otra dirección. Siento que me llama desde el frente, camino más rápido.

Al dar vuelta a la esquina, miro hacia atrás y no la veo, doy vuelta en la esquina siguiente. Entonces veo esta mujer pasando en su auto por la calle que acabo de dejar. Camino más rápido. Doblo nuevamente en la esquina siguiente y veo su auto pasar nuevamente de largo. Ya casi voy corriendo, miro mi auto estacionado a unos cincuenta metros cuando la veo venir directo hacia mí.

Tomo el teléfono y marco cualquier número sin mirar, me protejo detrás de un poste. Entonces me contesta la Andrea y me pregunta en qué ando. La mujer del auto frena bruscamente y baja el vidrio.

-Quiero volver a la casa, Andrea- digo casi afligido.

De fondo la mujer grita cosas que no logro entender.