jueves, 23 de febrero de 2012

La fiera

Caminamos con la Cata por la feria de Tongoy con la misión imposible de buscar un jabón, entre los tomates y las uvas que ya encontramos. Todo por no hacer la fila en la maldita farmacia, llena con gente intoxicada o insolada del verano. Es una verdadera procesión de gente que nada tiene que ver con el pueblo, todos con anteojos de sol que les tapan casi la mitad de la cara.

En el comienzo de la feria, en la calle principal, la con el bandejón al medio, figuran una infinidad de camionetas y cuatro por cuatro estacionadas de las maneras más absurdas. Entonces, en una esquina, veo el jeep de la Amanda, la que abandoné sin explicaciones para irme con su mejor amiga de la universidad. Empiezo a mirar alrededor, rogando que no esté.

Caminamos apurados. La Cata se detiene un minuto a mirar unos duraznos, cuando sucede. Sin ver de dónde ni cómo, siento que alguien me empuja con todas sus fuerzas hacia uno de los puestos de la feria. Mientras voy cayendo, alcanzo a ver en cámara lenta, los lentes café que le regalé a la Amanda, el cielo que se está despejando, la mirada incrédula de la Cata y del resto de los feriantes.

Aterrizo escandalosamente sobre un millón de objetos diversos, rompiendo una mesa de madera.

Siento un dolor de espalda como si algo se hubiera roto.

Miro al lado, desparramados en el suelo, una infinidad de jabones de todos los colores posibles.

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