Logramos entrar al estadio justo antes de que se apaguen las luces, no hace frío, está a punto de llover. El cambio de clima hace que me duela la rodilla, igual que a los viejitos. Caminamos colándonos entre la gente. Empieza la música, todo el mundo comienza a saltar y prefiero quedarme a salvo en un lugar desocupado.
-Vamos más adelante- me grita la Cecilia.
Le digo que vaya ella, que mi rodilla, que estoy viejo, que en fin.
Le muestro un cartel de Coca-Cola en el fondo y le digo que si nos perdemos nos encontremos ahí en el final.
Ella se pierde entre la gente, con la mirada ida y tengo miedo de que lo que le dije lo olvide. Así es ella. Fuera de este mundo, mucho más joven y loca que yo. Así es ella; incomprensible, incontrolable. Impredecible.
La estridencia de la música, los grupos que saltan y se pegan unos a otros, las poleras negras con una mano tratando de agarrar algo. Todo me produce un pavor incontrolable, comienzo a retroceder hasta quedar bajo el famoso letrero.
Las canciones se me hacen interminables hasta que todo termina y se prenden las luces. Espero por la Cecilia hasta que se vacía el estadio y no queda nadie. La llamo a su celular y no contesta. Pregunto por ella en las enfermerías de emergencia debajo de unas carpas.
Finalmente me llama al teléfono y me grita:
-Estuvo increíble, estoy en el auto!, ¿Dónde estás?-
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