jueves, 17 de mayo de 2012

Pijamas


Hace frío, deberíamos prender la calefacción. Estoy tapado entero, metido en la cama con pijama desde temprano. Escucho cuando llegas, dejas tu cartera en el suelo, te sacas los zapatos en el living, vas hacia la cocina. Bajo el volumen del televisor y te escucho llenar un vaso con agua de la llave y tomarla con sorbos grandes.

Me hablas desde allá, me cuentas de tus clases, de las cosas que estás estudiando. Apagas las luces, entras a la pieza tecleando algo en la blackberry, me miras de reojo. Sueltas el teléfono, me abrazas y me das un beso cariñoso.

Vas al baño, tomas tus remedios para la migraña, vuelves a la pieza con el pijama en la mano y terminas de esparcirte una crema en la cara. Te desvistes al lado de la cama, apago el televisor y te miro.

Te quedas inmóvil por un rato y me preguntas sobre qué estoy mirando. Te digo que a ti, que eres demasiado guapa, que me encantas. Te ríes, me dices que eso no es verdad, que soy un mentiroso.

Me tapo la cara con la almohada y sin ver nada, te describo. Con precisión en todos los detalles que recuerdo. Desde tus cejas y tus pómulos, hasta ese lunar que tienes en el pie, cerca del empeine.

Me saco la almohada, te miro muerta de la risa y roja de vergüenza.

Te pones el pijama.

Me quitas el control remoto.

Me pides que te traiga otro vaso con agua.

martes, 15 de mayo de 2012

Remolinos


Para variar se me acaba la batería del celular. Justo cuando te iba a contar que me esperaras un rato más, porque estaba en un taco. Siempre lo mismo de todos los viernes. Miro las caras de la gente impaciente, comienza a atardecer, todos tocan las bocinas.

En la radio suena “Crossfire” de Brandon Flowers. Puede que sea una basura de canción, pero me recuerda mucho a ti. Quizás, y ahora que lo pienso, todo me recuerda a ti últimamente. Los autos no se mueven, canto la canción a los gritos. Una mina del auto de al lado me mira muerta de la risa y lejos de importarme, canto más fuerte, ahora mirándola fijamente.

Pasan los minutos y apenas avanzo un par de cuadras. Trato de tomar las calles laterales, pero es más de lo mismo. Avanzo otro poco y llego a la esquina de tu casa. Te veo desde el semáforo, apago la radio, te miro jugar con el celular.

Doy la vuelta, quedo al frente tuyo y no te das cuenta de que soy yo, porque ando en el auto nuevo de la oficina. Pienso que debería bajarme, tomarte en brazos, besarte como si se fuera a acabar el mundo. Pienso que debería decirte que me gustan tus medias con dibujos, tu abrigo, tus zapatos. Decirte lo maravillosa que eres y lo bien que lo paso contigo.

Entonces me ves, corres, te subes al auto y me das un beso.

Me dices que estás embarazada.

Te abrazo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Despedida


Me acuerdo perfecto cuando te conocí. Fue un amor a primera vista, en realidad a primera lectura. Me encantaba leer los artículos que escribías, tus comentarios, lo que pensabas. Pensé que eras una persona inventada, o con un prodigioso talento de buscar información por internet. Pero no. Eras real.

Investigué quién eras, qué hacías, conseguí tu foto, te contacté. Fuiste igual de amable que tus escritos, y más interesante aún. Me llamó la atención lo bien que modulabas, tu humor fantasioso y técnico. Me acuerdo esa vez que te invité por primera vez a comer, esa vez que empezaste a describir tu plan de conquistar el mundo a través de un país africano. De cómo protegiendo a tu ejército del SIDA, ibas a dominar África primero y luego el mundo. Sin más armas que condones.

Me acuerdo que nadie rió mucho con el asunto, pero yo me maravillé contigo. Luego fue tu cumpleaños y te regalé un DVD de " Apocalypse Now" envuelto en una hoja de revista. Me acuerdo que te sorprendió un poco. Nunca supe si por el gesto, o porque te gustaba lo de "Walkürenritt" de Wagner. Me acuerdo que me fascinó tu mundo y tus amigos, me acuerdo cuando empezó el "por qué de la locura" con un mail. Me acuerdo de la regata en Temuco cuando nuestro bote casi se hunde pero de milagro llegamos y terceros.

Me acuerdo de anoche.

De la despedida.

Me acuerdo como el día más triste de mi vida.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Si lo preguntas


Nos juntamos en un café, me dices que esto no puede ser más, que te cuente lo que tengo con ella, que en qué minuto dejé de quererte, que cuándo me enamoré. Que por qué ella.

Te digo que es verdad. Que si tanto te importa, te lo cuento sin problemas. Que lo dije siempre, que lo nuestro no funcionaba por tu frialdad y porque nunca pudiste decirme que me amabas. Que me aburrí de estar contigo pero sentirme solo. Que me aburrí que te burlaras de mis historias y que me trataras de mentiroso y de soñador. Que me aburrí de tu poco compromiso y que siempre buscaras en mí la explicación de tu falta de amor.

Que sí, que es verdad que le conté mis historias, pero que ella es distinta. Que ella un día, me escribió las suyas, y no lo vi venir. Que no supe qué responder ni qué hacer. Que a todo esto, no era necesario hacerlo tampoco. Que no me dejó siquiera respirar, y me siguió escribiendo, y que ya no hubo vuelta atrás.

Que ella sí sabe dar besos y abrazos,  que ella sabe dormir abrazada, que sabe no dormir y hablar hasta las cuatro de la mañana.

La conversación sube de tono, la gente de las mesas de al lado, observan.
Me preguntas que si fue en la fiesta famosa cuando comenzó todo.

Te digo que no.

Que fue cuando le regalé una cuchara de palo.

Y un sartén.

domingo, 6 de mayo de 2012

Te lo digo ahora


Ya es como el cuarto día con la misma historia en que te cuento que te quiero decir algo, pero no encuentro el cómo. Pienso en experiencias que sirvieran para darte un ejemplo de lo que voy a decir, para que no suene antojadizo, o inoportuno, o sin valor, o estupidez.

Me levanto de la cama, miro tu tatuaje, tu ombligo que tanto te molesta, miro tus piernas que ganarían un concurso. No sé si es de noche o está amaneciendo, pero me quedo pegado mirando las nubes con forma de oso y el contraste de la ciudad todavía iluminada.

Entonces voy por un vaso de agua a la cocina y siento la alarma. Esa de incendios que suena como que se fuera acabar el mundo e imagino que algún estúpido hizo una broma. Sin soltar el vaso, abro la ventana del living, y veo las llamas salir del departamento justo debajo de nosotros, pero dos pisos más abajo.

Me fijo que hay varios carrobombas estacionados y que los bomberos me mueven las manos. Me hacen una seña o algo que no entiendo. Solo atino a saludarlos con el mismo gesto. El departamento se empieza a llenar de humo, y cierro la ventana. Me siento en el sillón y pienso que encontré las palabras para decírtelo.

Corro a la pieza, me meto en la cama, te hago cucharita y te hablo al oído.

Te digo que eres el amor de mi vida.

Te ríes.


Siento calor.

viernes, 4 de mayo de 2012

Las promesas


Te paso a buscar en el auto.  Te veo caminar, te subes. No sé cómo darte un beso, no sé qué hablar. Prefiero subir un poco la música, abrochar el cinturón de seguridad, bajar un poco la ventana.

Es de noche. Estamos contra el tiempo. Por culpa del feriado, todos cierran más temprano y no podemos encontrar esa torta de panqueque naranja que prometimos llevar cada año al cumpleaños de tu vieja. Es una promesa rara, porque en realidad no sé si le gusta tanto; o en realidad se transformó en un rito que nos junta una vez al año, en la misma noche fría de otoño.

Cada año es lo mismo, pasamos por ese lugar lleno de gente con el estacionamiento al lado. Ese donde duermen personas en la noche. Compramos la torta, tu le compras algo a los vagabundos y yo no digo nada. Luego te llevo a dónde tu vieja, te bajas, entras por la puerta del edificio y me voy. Nunca hablamos.

Pero esta noche es distinto, no encontramos la torta, hay un taco insoportable y me dices que es un mal signo. Entonces me desespero y te digo que me esperes. Corro por las calles, pregunto en todos los lugares por la famosa torta, corro otro poco, vuelvo a preguntar. Me doy cuenta que empiezan a cerrar ya, que se hace tarde y vuelvo con las manos vacías.

Entonces te veo.

Parada en la calle.

Con la torta en la mano.

Te abrazo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Por una cabeza


Esperé por esta entrevista casi seis meses. En realidad por casi toda la vida, porque este es el trabajo que siempre quise. Estudié para esto, trabajé para esto, no dormí, no comí, pasé todas las desgracias posibles y aquí estoy.

Dos cajoneras a cada lado, una con una planta encima y otra con un marco de fotos con sus amigas o compañeras de trabajo, tal vez. En el marco de la ventana hay un botiquín tirado.

Trato de encontrar alguna cosa en común de la que pueda comentar en cuanto llegue. Algo para romper el hielo, algo que haga más fácil las cosas. Pero no. No la encuentro

Escucho sus tacos por el pasillo, escucho su voz y su risa en una conversación por celular que corta justo antes de entrar a entrevistarme. Me paro para saludarla; darle la mano o algo así, cuando sucede. No sé si fue que estoy comiendo mal, o los antibióticos, o los nervios, o la presión. Cuando me paro, en ese mismo instante, siento que me voy a desmayar.

Mientras voy cayendo, la arrastro conmigo al suelo. Para evitar caer sobre ella, logro caer en contra de la pared al lado del escritorio, quedando aturdido del cabezazo.


Finalmente quedamos acostados los dos juntos, uno al lado del otro.

Lleva puesta una blusa azul a rayas con unos pantalones negros.

Ella es perfecta.

Me mira, con su cara a cinco centímetros de la mía.

Me dice que quedo contratado.

Suelta una carcajada.