domingo, 6 de mayo de 2012

Te lo digo ahora


Ya es como el cuarto día con la misma historia en que te cuento que te quiero decir algo, pero no encuentro el cómo. Pienso en experiencias que sirvieran para darte un ejemplo de lo que voy a decir, para que no suene antojadizo, o inoportuno, o sin valor, o estupidez.

Me levanto de la cama, miro tu tatuaje, tu ombligo que tanto te molesta, miro tus piernas que ganarían un concurso. No sé si es de noche o está amaneciendo, pero me quedo pegado mirando las nubes con forma de oso y el contraste de la ciudad todavía iluminada.

Entonces voy por un vaso de agua a la cocina y siento la alarma. Esa de incendios que suena como que se fuera acabar el mundo e imagino que algún estúpido hizo una broma. Sin soltar el vaso, abro la ventana del living, y veo las llamas salir del departamento justo debajo de nosotros, pero dos pisos más abajo.

Me fijo que hay varios carrobombas estacionados y que los bomberos me mueven las manos. Me hacen una seña o algo que no entiendo. Solo atino a saludarlos con el mismo gesto. El departamento se empieza a llenar de humo, y cierro la ventana. Me siento en el sillón y pienso que encontré las palabras para decírtelo.

Corro a la pieza, me meto en la cama, te hago cucharita y te hablo al oído.

Te digo que eres el amor de mi vida.

Te ríes.


Siento calor.

viernes, 4 de mayo de 2012

Las promesas


Te paso a buscar en el auto.  Te veo caminar, te subes. No sé cómo darte un beso, no sé qué hablar. Prefiero subir un poco la música, abrochar el cinturón de seguridad, bajar un poco la ventana.

Es de noche. Estamos contra el tiempo. Por culpa del feriado, todos cierran más temprano y no podemos encontrar esa torta de panqueque naranja que prometimos llevar cada año al cumpleaños de tu vieja. Es una promesa rara, porque en realidad no sé si le gusta tanto; o en realidad se transformó en un rito que nos junta una vez al año, en la misma noche fría de otoño.

Cada año es lo mismo, pasamos por ese lugar lleno de gente con el estacionamiento al lado. Ese donde duermen personas en la noche. Compramos la torta, tu le compras algo a los vagabundos y yo no digo nada. Luego te llevo a dónde tu vieja, te bajas, entras por la puerta del edificio y me voy. Nunca hablamos.

Pero esta noche es distinto, no encontramos la torta, hay un taco insoportable y me dices que es un mal signo. Entonces me desespero y te digo que me esperes. Corro por las calles, pregunto en todos los lugares por la famosa torta, corro otro poco, vuelvo a preguntar. Me doy cuenta que empiezan a cerrar ya, que se hace tarde y vuelvo con las manos vacías.

Entonces te veo.

Parada en la calle.

Con la torta en la mano.

Te abrazo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Por una cabeza


Esperé por esta entrevista casi seis meses. En realidad por casi toda la vida, porque este es el trabajo que siempre quise. Estudié para esto, trabajé para esto, no dormí, no comí, pasé todas las desgracias posibles y aquí estoy.

Dos cajoneras a cada lado, una con una planta encima y otra con un marco de fotos con sus amigas o compañeras de trabajo, tal vez. En el marco de la ventana hay un botiquín tirado.

Trato de encontrar alguna cosa en común de la que pueda comentar en cuanto llegue. Algo para romper el hielo, algo que haga más fácil las cosas. Pero no. No la encuentro

Escucho sus tacos por el pasillo, escucho su voz y su risa en una conversación por celular que corta justo antes de entrar a entrevistarme. Me paro para saludarla; darle la mano o algo así, cuando sucede. No sé si fue que estoy comiendo mal, o los antibióticos, o los nervios, o la presión. Cuando me paro, en ese mismo instante, siento que me voy a desmayar.

Mientras voy cayendo, la arrastro conmigo al suelo. Para evitar caer sobre ella, logro caer en contra de la pared al lado del escritorio, quedando aturdido del cabezazo.


Finalmente quedamos acostados los dos juntos, uno al lado del otro.

Lleva puesta una blusa azul a rayas con unos pantalones negros.

Ella es perfecta.

Me mira, con su cara a cinco centímetros de la mía.

Me dice que quedo contratado.

Suelta una carcajada.

jueves, 26 de abril de 2012

Historias


Me duele la cabeza. Sigo mirando por la ventana de mi oficina. La bandeja de entrada se llena de correos sin abrir, el teléfono suena.

Mi secretaria me toca la espalda y me entrega un paquete de chilexpress. El remitente dice que lo envía alguien que no conozco, pero sé perfectamente que eres tú. Lo abro con curiosidad. Es un disco con una canción de Rachael Yamagata; “The Reason Why”.

La había escuchado un par de veces, pero nunca había puesto atención a la letra. Entiendo perfecto el mensaje. De hecho me lo dijiste una vez. Esa vez que fuimos a ver la película de Polanski, la que no te gustó. Me acuerdo cuando salimos y me dijiste que te atormentaba la distancia.

En ese minuto entendí que se trataba de que te fueras a Londres por un par de años a tu beca. Pero después, con el tiempo, entendí que era que nunca te hice sentir segura ni menos acogida. Me dijiste que querías enamorarte, tener una historia con un final feliz o mejor aún; una historia feliz que no terminara nunca.

La canción se repite y me arrepiento que nunca te dije que me gustaste desde la primera vez que te vi, nunca te dije que esa vez que nos separamos en el ascensor me sentí el imbécil más grande del universo, nunca te dije que no creía en el amor a primera vista hasta que te conocí.

Miro el reloj, es hora del partido del Barcelona.

martes, 24 de abril de 2012

Churrasco italiano


Nunca me aburro de juntarme con ellos. Hablamos siempre de lo mismo, de navegar, de los yates, las lanchas, los botes. De los que compraron o vendieron, de los que recibieron en parte de pago. Del poco tiempo que tienen para navegar, de las novedades de las regatas, de las copuchas del mar.

Siempre nos juntamos en el mismo lugar, en la misma mesa, con los mismos churrascos sin ají, las Canada Dry light, con las mismas separadas de la mesa del lado que no paran de mirar.

No tenemos otro tema, no hablamos de las mujeres, de las separaciones, de que la mayoría está solo. No hablamos de los problemas con los hijos, o que nos estamos poniendo más viejos, que los niños salieron del colegio y entraron a la universidad.

Esos temas, inexplicablemente; ya no se tocan.

Pero hoy nada de eso me llama la atención. Miro tu foto en el teléfono, pienso en lo que me dijiste, en que es antigua ya, en que ha pasado el tiempo, en que pasan los años y no quieres seguir juntando historias malas; en que no ves que lo que tenemos pudiera ser diferente.

Respondo con monosílabos las preguntas que me hacen y trato de disimular que estoy pensando en otra cosa. Pienso en que ya no quiero estar aquí, en que hay mucho ruido.

Pagamos la cuenta, nos despedimos, camino por la calle, hace frío.

Quisiera llamarte, miro tu foto en el teléfono.

Me encanta tu chasquilla.

lunes, 23 de abril de 2012

Para el registro


Estoy viendo el programa del fútbol. Es tarde, no debo quedarme dormido. Me acuerdo de esa parábola de las vírgenes insensatas y de las prudentes, que finalmente se duermen. No entiendo por qué me acordé de eso, pero imagino que es el sueño acumulado, las quince horas seguidas que hablamos, la cerveza, la coca cola, el café.

Me da mucha risa que entre los sueños despiertos, aparece en televisión el mismo viejito de nuestro primer almuerzo con toda tu familia extraña.

Ya no puedo mantenerme sentado en la cama, no quiero quedarme dormido, no quiero hasta saber que me amas realmente.

Hasta ver alguna señal.

Entonces, aparece tu mensaje en la pantalla, y me doy cuenta que ya no distingo entre los sueños y la realidad.

Aparezco en una especie de hospital. Pero sin enfermera ni doctores. Es como un lugar de reposo, medio abandonado en la orilla de una playa desierta con un cielo anaranjado entre las nubes de un día de otoño. Esa imagen la debo haber sacado de alguna película que no recuerdo.

No me duele nada ni estoy enfermo, simplemente parezco descansar. Ahí estás tú sentada al lado, abrazándote una rodilla y sentada sobre la otra pierna. Yo ya viví esta escena, pero fue en la casa, en el sillón que es incómodo.

Pero esta vez, los ojos los tienes más brillantes y sí cae una lágrima. No como en el sueño.

Te pregunto si eres feliz conmigo.

Me dices que sí.

Mucho.

domingo, 22 de abril de 2012

Amigos


Había pensado en escribirte la historia de tu amigo de las empanadas. El de la ponchera y de los ojos saltones. Ese que canta a voz en cuello, que toca la guitarra y la armónica para luego seguir cantando algo sobre que entregaría los ojos por amor. Ese mismo que luego se pone la máscara de lucha libre y cuenta esos chistes gruesos que a todos nos matan de la risa.

Había pensado en escribirte la parte en que se pasa de copas y su mujer; que es impresionantemente guapa, lo putea desde la cocina diciéndole que se calle, que la corte con sus tonteras. Y él sigue con la voz cada vez más fuerte, los chistes cada vez más divertidos, los ojos cada vez más desorbitados.

Había pensado en escribirte sobre la vez que se encerraron en la cocina a gritarse porque ella le hizo una escena de celos y él, en realidad, no había hecho nada malo, aparte de haber tomado mucha cerveza y haber hecho sus mismos chistes de siempre, dirigidos a la rubia desabrida que alguien invitó.

Había pensado en escribirte todas esas historias para ponerte un ejemplo de que las relaciones no siempre son como esperamos, pero que nadie puede dudar que esos dos se aman a morir y que en el fondo es lo que yo quería contigo cuando me dijiste que fuéramos amigos.

Había pensado en escribirte que los envidio.


Y ahora me mandas una carta y me dices que nos casemos.