domingo, 20 de junio de 2021

Legacy

 

Siempre llegas a las 6.
No entiendo por qué mierda llegas a esa hora si el colegio abre a las 7:30.
Religiosamente te estacionas al frente de mi casa, de tal manera que pueda verte. Un Subaru Legacy 97 gris desteñido y asqueroso.

A las 7:25 se baja tu hijo del auto. Es hermoso, igual a ti. Te da un beso y entra al colegio. Lo esperas toda la mañana leyendo un libro. Luego vuelve y lo obligas a limpiarse las suelas de los zapatos antes de subirse y partir.

Durante todo ese lapso de tiempo no puedo salir de la casa.
El miedo a mirarte directamente a los ojos me bloquea y prefiero quedarme acá.
He visto crecer a tu hijo en este proceso y nunca me he animado a salir.

Hasta que creció tanto que salió del colegio y en ese marzo esperé ya no verte.
Pero nuevamente estabas ahí.

De pura rabia salgo a enfrentarte, empuño la mano y me encuentro cara a cara contigo, parada frente a mi puerta.
Te digo que la cortes, que mantengo lo que te dije que prefería que nos separáramos antes de que rompieras mi corazón.
Que te daba lo que quisieras. Un viaje. Muchos viajes.
Pero que no podía seguir.

Me miras con tu risa diabólica que tanto adoraba.
No dices nada.
Con una mano te subes el polerón, dejas a la vista tu cintura perfecta y con la otra te acaricias cerca del ombligo.

Ya empezaste de nuevo.

sábado, 19 de junio de 2021

La espía Rusa

Llegó un jueves o un viernes.

El lunes era feriado y volvió el martes.
A primera hora.

Esa mujer se instalaba con una sombrilla de colores, varios termos y algunos recipientes que no se veía qué tenían adentro.
Desde un comienzo me pareció raro vender café en ese lugar. No era muy transitado. De hecho, casi no pasaba nadie más que los paseadores de perros y uno que otro jardinero que hacía la mantención del bandejón central.

La comencé a mirar desde la ventana del comedor, entre las persianas.
Siempre hablando o escribiendo textos por el teléfono. Desde mi departamento no se le podía ver la cara a esa distancia. Aparte que siempre usaba un jockey que le tapaba parte de los ojos y le escondía el pelo.

Pasé largas horas mirándola y cada vez me causaba más curiosidad. Nunca la vi vender un café, pero religiosamente anotaba algo en una libreta. Entonces se me ocurrió la brillante idea de poner en aviso a los policías que están de guardia en el edificio hacia el otro lado de la esquina. Me dijeron que iban a chequear. Los vi acercarse, no intercambiaron más que un par de palabras, no compraron nada. Cuando pasaron bajo mi ventana, me hicieron una señal de que todo estaba bien.

La vi por un par de semanas más.

No aguanté.

Bajé a comprar un café y poder verle la cara.

Era perfecta.
Le toqué el cuello.

Le pedí que viviera conmigo dos años.

martes, 15 de junio de 2021

Medusa

 

Me levanto en la mañana.
Tengo los ojos casi pegados de pena.
Recorro el camino hacia la cocina apoyándome en los muros para no caerme.
Ya salió el sol y me cuesta ver bien por el reflejo.
Me acuerdo que existe la palabra resolana, pero nadie la usa.

Busco el control remoto del equipo.
Me agacho para recogerlo debajo del sillón y me doy cuenta que hay un calcetín tuyo.
Quizás desde cuando nadie limpia ahí porque partiste hace demasiado tiempo.

Me acuerdo cuando la empecé a cagar y sentir celos de ti.
A revisar tus cosas, tu mochila, tu teléfono.
Nunca entendí que me estabas dejando de amar por estúpido.
Era más fácil echarle la culpa a otra cosa.

Prendo la música, pongo The Power of love de Frankie.
Entro a la cocina, caliento el café preparado hace tres días.

Miro alrededor y esta casa ya no es mi casa.
No reconozco nada de lo que hay y en realidad nada me importa si ya no estás más.
Debí haberte regalado flores cuando pude, aunque fuera cliché.
Debí haberte confesado que te amé mucho antes de lo que me atreví a confesar.

Pero siempre me tomé todo a la talla, nunca paré de bromear y fue tanto; que en algún minuto ya no se distinguía que todo lo que decía de viajar juntos, de cumplir mis promesas, de cambiar para mejor, era verdad. Y que de verdad lo sentía. O lo creía.

Miro el calcetín.
Tiene un hoyo.

jueves, 3 de junio de 2021

Máquina del tiempo

 Metro línea uno.

Hace rato que no andaba en metro. Años. Décadas.
Le robé, 
a la Manu, los audífonos que se le quedaron  en el auto y encontré buena idea escuchar algo de música.

Spotify con sus ideas propias me pone una canción de Sting.
Y ahí sucede, como Ego con la lapicera.

Estamos en el sillón, escuchamos el disco que acaba de salir, el que me trajo mi primo para que lo pasara a casette en el equipo de mi viejo. Te hago cariño en el pelo, luego en los pies. Invento un rito en que con dos círculos de saliva que dibujo con el dedo, uno en cada pantorrilla; eres mía.

O en realidad, tienes algo de mí que no tiene nadie más en este mundo.

Perdemos el tiempo con un poco de culpa, mañana hay entrega de taller, estamos casi a fin de año y nuestras notas están al filo de reprobar. Las maquetas a medio hacer, los planos con muy poca información.

Siento la felicidad máxima de no saber lo que quiero, solo de saber que sea para siempre.

Llega la mejor parte de la canción:

“Entonces déjame construir un puente, porque no puedo llenar el abismo”

Y siento que alguien me saca los audífonos desde atrás. Abro los ojos, volteo para verte y eres tú.

No envejeciste.
Me apuntas las puertas abiertas del vagón.
Suena la alarma de que se van a cerrar.

Salgo corriendo.

Es Tobalaba.

Tú vas a Escuela Militar.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Grace Jones

Recuerdo perfectamente cuando esos amigos en común te llevaron a la casa.

Nunca me gustaron las citas a ciegas.


Se los dije muchas veces, que no quería conocerte, que al final sabía que iba a terminar enamorándome de ti, que ya estaba viejo, que no quería preocuparme por alguien.

Pero ahí estabas, sentada tímidamente, en mi propia casa, puntualmente. Antes que llegara yo, incluso.

A duras penas me miraste a los ojos y ahí me acordé que te había pasado eso del ojo, no recuerdo bien que era, pero lo tenías como una pelota roja a punto de explotar.

Todos hablaron por ti, que te ibas a operar, que no era nada para preocuparse, que ya ibas a estar mejor.

Seguías mirándome tímidamente, te acercaste, te sentaste a mi lado y no dijiste nada.

Me enamoré perdidamente de ti, de tu forma de ser, de tu olor, de tus arrebatos de furia, de tus tardes tomando el poco sol de invierno que entraba por la ventana.

Me acostumbré a entender que independiente de que estuviéramos peleados, siempre llegabas de la otra pieza, al final de la noche, te metías a la cama y me abrazabas sin decir nada.

Me acostumbré a nunca más salir con mis amigos y poder estar tranquilo, pues te extrañaba y quería siempre estar contigo.

Me acostumbré a tus ojos tristes, a tu odio a la lluvia y a tu pelo negro.

Me acostumbré a decirte Subarú.

Por el ruido que hacías al roncar.

jueves, 22 de abril de 2021

Alzheimer

 

Tal como “Still Alice” con la Julianne Moore cuando va trotando y no sabe dónde está ni quién es.
Siempre tuve miedo de eso.

Y ahí estoy, es una bencinera, pero no tengo claro qué es lo que sucede, cómo me llamo, ni qué tengo que hacer.

Te miro, abres la ventana muy poco y un hombre en uniforme nos dice que le pasemos la llave del auto para abrir la tapa de la bencina.
No reconozco el auto, pero trato de seguir la instrucción.

Y ahí sucede lo peor.

En mi desesperación no logro pasar la llave si no que, a cambio, empiezo a apretar botones al azar. El hombre insiste que le pase la llave y yo insisto en hacer cualquier otra cosa. Siento que no tengo control de nada. Me miras sorprendida.
Abro la maleta, prendo las luces, activo el limpiaparabrisas.

El hombre vuelve a pedir la llave, ya molesto.

Yo no logro juntar lo que estoy pensando con lo que debiera hacer.

Aprieto un par de botones más, se prende la radio, el hombre vuelve a pedir la llave, suena “Henny and Gingerale”.

Amablemente me tomas el antebrazo, me miras a los ojos, sacas la llave y se la entregas al hombre.

No te reconozco. Pienso que pudieras ser mi hija, quizás mi nieta.
Te pareces mucho a alguien que recuerdo haber amado demasiado.

Escucho un poco más la canción.

Te recuerdo bailándola en medio del campo.

 

El hombre nos pregunta si limpia el parabrisas.

lunes, 15 de marzo de 2021

Luna Rossa

 

Nunca había navegado en un yate.
Pero había leído mucho, visitado ferias de embarcaciones y estaba suscrito a un canal de reseñas de todo tipo de cruceros que anima un inglés medio turnio y muy simpático.
Soñaba que me ganaba el Kino y me compraba uno.
Con varias cabinas, para invitar a los amigos.
A motor si me ganaba el Powerball y a vela si me ganaba el Kino.

Siempre te contaba lo mismo, pero no llamaba tu atención en lo más mínimo.

Te mostraba los videos, las fotos, los atardeceres con una copa en la mano, con un sombrero para protegerse del sol, en esas reposaderas de cojines interminables.

Pero no había caso. Cero.

Entonces fuimos de vacaciones a San Andrés, y de la nada, casi de aburrida, decidiste arrendar una lanchita para que nos paseara por las pequeñas islas mientras tomábamos caipiriñas y piñas coladas.

La tripulación era un papá y su hijo que hablaban mitad español y mitad creole. El hijo se avergonzaba un poco de las historias del papá, pero igual lo ayudaba buceando y trayendo una estrella de mar, una mantarraya o cualquier cosa que llamara nuestra atención.
Su piel era casi azul de lo oscura, sus dientes blancos perfectos y sus ojos; hermosos.

 

Entonces, en la mitad de la nada, borrachos, nos tiramos una vez más al agua.

Me abrazaste y me dijiste que por fin entendías lo del yate.

 

Te sonreí.

Me dio un calambre.


Tragué un poco de agua salada.