No había
comido nada ese día. Trabajé hasta tarde, me puse esa camisa blanca que, aunque
es un poco corta, me trae buena suerte. Te paso a buscar, y nos vamos a ese
lugar con la alfombra a cuadrillé y los mozos que parecen modelos.
Y no sé qué
pasó, pero me doy cuenta de que mientras tú juegas con el fondue de queso, yo
estoy absolutamente borracho. Para terminar de arreglarla, sigo tomando, me
emborracho más, quiebro una copa, la escondo al lado de la pata de la mesa,
grito a toda boca, le chiflo a Benjamín, el mozo de cara cuadrada perfecta,
para que nos traiga la cuenta.
La gente de
las mesas de los lados nos miran y yo apenas me contengo las ganas de tocar el
piano blanco de cola que está en la esquina, para demostrarles lo poco que me
importan y lo bien que toco el piano por lo demás. Salimos a la calle, partimos
en el jeep.
Entonces,
justo ahí, en la mitad del puente, me dices que te dé un beso. Y te digo que
bueno, pero uno como la gente, nada de medias tintas. Paro el auto, me bajo, le
doy la vuelta, abro tu puerta, te bajo, te agarro del trasero y nos damos el
mejor beso del planeta.
De reojo miro
el auto de atrás que espera que termine esta escena.
Es de pacos
o algo por estilo, por las balizas digo.
Es hora de
ir a casa.