martes, 21 de agosto de 2012

Amador


No había comido nada ese día. Trabajé hasta tarde, me puse esa camisa blanca que, aunque es un poco corta, me trae buena suerte. Te paso a buscar, y nos vamos a ese lugar con la alfombra a cuadrillé y los mozos que parecen modelos.

Y no sé qué pasó, pero me doy cuenta de que mientras tú juegas con el fondue de queso, yo estoy absolutamente borracho. Para terminar de arreglarla, sigo tomando, me emborracho más, quiebro una copa, la escondo al lado de la pata de la mesa, grito a toda boca, le chiflo a Benjamín, el mozo de cara cuadrada perfecta, para que nos traiga la cuenta.

La gente de las mesas de los lados nos miran y yo apenas me contengo las ganas de tocar el piano blanco de cola que está en la esquina, para demostrarles lo poco que me importan y lo bien que toco el piano por lo demás. Salimos a la calle, partimos en el jeep.

Entonces, justo ahí, en la mitad del puente, me dices que te dé un beso. Y te digo que bueno, pero uno como la gente, nada de medias tintas. Paro el auto, me bajo, le doy la vuelta, abro tu puerta, te bajo, te agarro del trasero y nos damos el mejor beso del planeta.

De reojo miro el auto de atrás que espera que termine esta escena.

Es de pacos o algo por estilo, por las balizas digo.

Es hora de ir a casa.

sábado, 18 de agosto de 2012

Tetris


Nuestros clientes no nos pagan, nos dicen que esperemos hasta la próxima semana, ya llegamos a fin de mes, no hay plata. Reviento las líneas de crédito, las tarjetas, le pido a la ejecutiva que nos pague algunos sobregiros, que aguante un poco más. Le pagamos a los proveedores, a los empleados, y el almuerzo ritual de último viernes del mes; lo pagamos con un cheque a quince días.

Todos están felices, pedimos vino, celebramos por estar vivos. La tradición es que después del almuerzo de fin de mes; todos se van a su casa y están con su familia. Yo camino de vuelta a la oficina, respondo algunos correos, pongo la alarma, cierro y me voy. Antes de eso, reviso la caja chica, saco las últimas cinco lucas y pienso que es toda la plata que me queda en esta existencia. Bajo al estacionamiento, me subo al auto y veo la luz de la bencina parpadeando. Pienso que es absurdo tener un Porsche y no tener plata para la bencina. Lo dejo ahí, me robo los audífonos de la Olivia que los dejó en el asiento de atrás, camino cuarenta y cinco minutos a la casa.

Miro la música que tengo en el teléfono, pongo Somewhere Else de Marillion. Paso al Lider de Tobalaba, compro dos Australes calafate y una bolsita de pistacho con las cinco lucas.

Camino hacia la casa, te veo desde lejos, llegamos casi juntos.

Miro tu nuevo color de pelo.

Mi vida es perfecta.

miércoles, 15 de agosto de 2012

3 AM


Son las tres de la mañana, se acaba la música, se prenden las luces. Un par de minas duermen en los sillones y otras en el dormitorio principal, algunos miran las peleas de lucha libre en el televisor del living. Me ofrezco a llevarte, me dicen que te cuide, que maneje con cuidado. Bajamos por la Kennedy, te digo que te voy a raptar, que vayamos a mi casa. Nunca hago eso, pero no quiero que termine la noche. No todavía. No contigo.

Me dices que bueno, que pasemos a comprar cigarrillos. Pasamos a la bencinera de Lota con Tobalaba. Me bajo, me doy cuenta de que estoy un poco borracho. Me doy cuenta que estoy feliz. Me acuerdo de que fumas Lucky e incomprensiblemente compro una cajetilla blanda. Me subo al auto, te la paso, te cagas de la risa por lo ordinario del formato. Partimos, llegamos, subimos.

Imagino que tengo que darte un beso o algo. Porque ya me gustabas desde hace algún tiempo. En realidad ya estaba enamorado de ti y no sabía muy bien qué cresta hacer con eso. Entonces, prendemos un par de cigarrillos y comenzamos a hablar. Y ahí cambió todo. La conversación contigo fue fascinante, las historias trascurrieron unas tras otras, las horas pasaron, los besos quedarían para otra vez.

Al día siguiente fue lo mismo y terminamos hablando hasta la misma hora.
En realidad normalmente hablamos hasta tarde.

A veces miro mi reloj.

Siempre marca las tres de la mañana.

Temores


Pongo Anesthesize por enésima vez. Prendo la llave del gas de la cocina, cierro las ventanas, cierro las cortinas, saco una hoja de papel en blanco y escribo esta despedida. Me gustaría irme con alguna genialidad, algo fuera del lugar común. Algo que todos recordaran. De una manera divertida al menos.

Entonces como epitafio, comienzo a escribir lo que pienso de lo que iba a ser la vida conmigo y ahora sin mí. Hago un listado de cosas buenas y malas, pero así y todo no quedo conforme. La releo varias veces y lo encuentro una basura mal escrita.

Arrugo la hoja, saco una nueva, pongo la canción de nuevo, ventilo la casa, vuelvo a cerrar las ventanas y las cortinas, me vuelvo a sentar, vuelvo a escribir, vuelvo a prender el gas. Empiezo un párrafo que pido que me cremen, que lleven mis cenizas a la pasarela de Lenga, mejor  al bosque de Vichuquén, mejor a Kennedy con Manquehue dónde tuve el accidente, mejor al hospital de la Fach donde nací.

Distribuyo equitativamente mis pocas cosas, el departamento, la casa en la playa. La motoneta, el porsche viejo. La cámara de fotos para Felisa, mis libros para Juan, mis discos para ti. La bicicleta para Enrique, mis platos y vasos para mi vieja, los cuadros para mi hermana, para su casa nueva.

Y para terminar, te escribo que esa vez que te mostré la Playboy de la Cindy Crawford y te dije que eras igual; hablaba en serio.

jueves, 9 de agosto de 2012

No más noches


Se supone que no debió ser así. Teníamos una hora para tomar un café juntos, pera conversar, para  tomarnos las manos bajo la mesa, o algo parecido. Pero desde que nos sentamos, tuve el presentimiento de que algo malo iba a pasar. La mesa que quisimos ocupar estaba ocupada por un letrero de ocupado. Tuvimos que pedir que alguien nos atendiera cuando ya había pasado mucho rato.

Se supone que no debió ser así. Que era mejor pedir un par de cafés con medialunas, pero tu colon y mi mis ganas de empatizar, terminaron con dos jugos y un par de muffins. Siempre caminamos por esta calle, siempre miro este café. Te insisto, sin mucha simpatía, de que es extraño que nunca lo hubieras visto. Me respondes, con odiosidad, de que no eres tan perfecta como yo.

Se supone que no debió ser así. Que ya habíamos acordado de que era una falta de respeto, y de cariño por cierto, esa cosa de hablar o teclear por el bendito teléfono cuando estábamos conversando algo importante. Pero no, insististe que tenías que contestar, que podía ser alguien de la pega.

Se supone que no debió ser así. Que ya habías terminado esa vieja relación enferma, que ya no te iba a llamar más. Menos que te ibas a hacer la desentendida y que me ibas a mentir cuando te pregunté quien llamó.

Se supone que no debió ser así. Que ya no iban a haber más noches tristes.

lunes, 6 de agosto de 2012

Salir de viaje


Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo. Te dejo en la puerta tres, bajo tu maleta y la mochila, tomo el auto y parto a estacionarlo. Busco un lugar alejado por mi manía de evitar los portazos, lo cierro y corro para alcanzarte.

Es de noche, hace frío, estoy preocupado porque hace un día ya que tienes una puntada en el estómago y no se te quita. Subo por el ascensor y te veo haciendo una fila interminable, sentada sobre la maleta, doblada del dolor, balanceándote para ver si eso te ayuda.

Me ves, te reincorporas,  sonríes para que no me preocupe. Entonces se nos acerca una asistente de LAN y nos dice que todos los vuelos a Colombia se cancelaron. Nos damos cuenta de que vamos a perder la conexión a Cartagena, el hotel, el arriendo del auto, la travesía en burro, las noches en la hamaca de Tayrona.

Miro alrededor y la gente reclama airadamente, muchos ya perdieron la paciencia, una vieja grita como loca porque su nieto tiene frío. Me doy cuenta de que tienes los ojos brillantes de dolor, pero no quieres que se te note. Me preocupa de que sea algo grave y me desespero por no saber que mierda hacer.

Me doy cuenta de que no vamos a viajar. Pedimos un cambio de pasajes y nos agradecen nuestra buena disposición. Volvemos a la casa, pasamos por la farmacia, compramos Viadil.

Terminamos en la clínica.

Nos dicen que estás embarazada.

Te amo.

domingo, 5 de agosto de 2012

Vivir juntos


Ponemos sobre la mesa las galletitas con el queso camembert, el salame, el plato con dulce de membrillo, el queso chanco laminado, el pocillo con huevo, los vasos con leche cultivada y de la otra. Las magdalenas, el jugo, la frutilla picada con plátano, el té inglés, el agua con cascarita de limón.

Luego del desayuno, recogemos las cosas, limpiamos la mesa y armamos el tablero de monopolio. Tengo buena suerte en los dados, compro todo lo que se me pone por delante, mientras los niños tratan de quedarse con los barrios que sobran. A ti la suerte no te acompaña, en cinco vueltas no logras pasar por el banco, tienes solo una propiedad comprada, vives pagando rentas al resto.

Dejamos el juego inconcluso, nos duchamos con cronómetro para repartir el agua caliente del termo, todos se visten y yo te seco el pelo. Buscamos las entradas que compramos por anticipado, nos abrigamos un poco más, nos subimos a nuestro auto viejo y nos vamos al cine. Trato de convencerlos que no compremos ni cabritas, ni bebidas, ni nada. Les digo que la película ya empezó, que debe estar llena la sala. Pero no, ganan ustedes y terminan riéndose de mí porque hay cinco personas sentadas aparte de nosotros. Además la película se demora en empezar unos diez minutos más, entre tanta tontera que pasan antes.

Volvemos, almorzamos y nos metemos todos juntos a la cama para seguir viendo películas.

Traigo la cámara, nos saco una foto.


Sonreímos.