miércoles, 2 de mayo de 2012

Por una cabeza


Esperé por esta entrevista casi seis meses. En realidad por casi toda la vida, porque este es el trabajo que siempre quise. Estudié para esto, trabajé para esto, no dormí, no comí, pasé todas las desgracias posibles y aquí estoy.

Dos cajoneras a cada lado, una con una planta encima y otra con un marco de fotos con sus amigas o compañeras de trabajo, tal vez. En el marco de la ventana hay un botiquín tirado.

Trato de encontrar alguna cosa en común de la que pueda comentar en cuanto llegue. Algo para romper el hielo, algo que haga más fácil las cosas. Pero no. No la encuentro

Escucho sus tacos por el pasillo, escucho su voz y su risa en una conversación por celular que corta justo antes de entrar a entrevistarme. Me paro para saludarla; darle la mano o algo así, cuando sucede. No sé si fue que estoy comiendo mal, o los antibióticos, o los nervios, o la presión. Cuando me paro, en ese mismo instante, siento que me voy a desmayar.

Mientras voy cayendo, la arrastro conmigo al suelo. Para evitar caer sobre ella, logro caer en contra de la pared al lado del escritorio, quedando aturdido del cabezazo.


Finalmente quedamos acostados los dos juntos, uno al lado del otro.

Lleva puesta una blusa azul a rayas con unos pantalones negros.

Ella es perfecta.

Me mira, con su cara a cinco centímetros de la mía.

Me dice que quedo contratado.

Suelta una carcajada.

jueves, 26 de abril de 2012

Historias


Me duele la cabeza. Sigo mirando por la ventana de mi oficina. La bandeja de entrada se llena de correos sin abrir, el teléfono suena.

Mi secretaria me toca la espalda y me entrega un paquete de chilexpress. El remitente dice que lo envía alguien que no conozco, pero sé perfectamente que eres tú. Lo abro con curiosidad. Es un disco con una canción de Rachael Yamagata; “The Reason Why”.

La había escuchado un par de veces, pero nunca había puesto atención a la letra. Entiendo perfecto el mensaje. De hecho me lo dijiste una vez. Esa vez que fuimos a ver la película de Polanski, la que no te gustó. Me acuerdo cuando salimos y me dijiste que te atormentaba la distancia.

En ese minuto entendí que se trataba de que te fueras a Londres por un par de años a tu beca. Pero después, con el tiempo, entendí que era que nunca te hice sentir segura ni menos acogida. Me dijiste que querías enamorarte, tener una historia con un final feliz o mejor aún; una historia feliz que no terminara nunca.

La canción se repite y me arrepiento que nunca te dije que me gustaste desde la primera vez que te vi, nunca te dije que esa vez que nos separamos en el ascensor me sentí el imbécil más grande del universo, nunca te dije que no creía en el amor a primera vista hasta que te conocí.

Miro el reloj, es hora del partido del Barcelona.

martes, 24 de abril de 2012

Churrasco italiano


Nunca me aburro de juntarme con ellos. Hablamos siempre de lo mismo, de navegar, de los yates, las lanchas, los botes. De los que compraron o vendieron, de los que recibieron en parte de pago. Del poco tiempo que tienen para navegar, de las novedades de las regatas, de las copuchas del mar.

Siempre nos juntamos en el mismo lugar, en la misma mesa, con los mismos churrascos sin ají, las Canada Dry light, con las mismas separadas de la mesa del lado que no paran de mirar.

No tenemos otro tema, no hablamos de las mujeres, de las separaciones, de que la mayoría está solo. No hablamos de los problemas con los hijos, o que nos estamos poniendo más viejos, que los niños salieron del colegio y entraron a la universidad.

Esos temas, inexplicablemente; ya no se tocan.

Pero hoy nada de eso me llama la atención. Miro tu foto en el teléfono, pienso en lo que me dijiste, en que es antigua ya, en que ha pasado el tiempo, en que pasan los años y no quieres seguir juntando historias malas; en que no ves que lo que tenemos pudiera ser diferente.

Respondo con monosílabos las preguntas que me hacen y trato de disimular que estoy pensando en otra cosa. Pienso en que ya no quiero estar aquí, en que hay mucho ruido.

Pagamos la cuenta, nos despedimos, camino por la calle, hace frío.

Quisiera llamarte, miro tu foto en el teléfono.

Me encanta tu chasquilla.

lunes, 23 de abril de 2012

Para el registro


Estoy viendo el programa del fútbol. Es tarde, no debo quedarme dormido. Me acuerdo de esa parábola de las vírgenes insensatas y de las prudentes, que finalmente se duermen. No entiendo por qué me acordé de eso, pero imagino que es el sueño acumulado, las quince horas seguidas que hablamos, la cerveza, la coca cola, el café.

Me da mucha risa que entre los sueños despiertos, aparece en televisión el mismo viejito de nuestro primer almuerzo con toda tu familia extraña.

Ya no puedo mantenerme sentado en la cama, no quiero quedarme dormido, no quiero hasta saber que me amas realmente.

Hasta ver alguna señal.

Entonces, aparece tu mensaje en la pantalla, y me doy cuenta que ya no distingo entre los sueños y la realidad.

Aparezco en una especie de hospital. Pero sin enfermera ni doctores. Es como un lugar de reposo, medio abandonado en la orilla de una playa desierta con un cielo anaranjado entre las nubes de un día de otoño. Esa imagen la debo haber sacado de alguna película que no recuerdo.

No me duele nada ni estoy enfermo, simplemente parezco descansar. Ahí estás tú sentada al lado, abrazándote una rodilla y sentada sobre la otra pierna. Yo ya viví esta escena, pero fue en la casa, en el sillón que es incómodo.

Pero esta vez, los ojos los tienes más brillantes y sí cae una lágrima. No como en el sueño.

Te pregunto si eres feliz conmigo.

Me dices que sí.

Mucho.

domingo, 22 de abril de 2012

Amigos


Había pensado en escribirte la historia de tu amigo de las empanadas. El de la ponchera y de los ojos saltones. Ese que canta a voz en cuello, que toca la guitarra y la armónica para luego seguir cantando algo sobre que entregaría los ojos por amor. Ese mismo que luego se pone la máscara de lucha libre y cuenta esos chistes gruesos que a todos nos matan de la risa.

Había pensado en escribirte la parte en que se pasa de copas y su mujer; que es impresionantemente guapa, lo putea desde la cocina diciéndole que se calle, que la corte con sus tonteras. Y él sigue con la voz cada vez más fuerte, los chistes cada vez más divertidos, los ojos cada vez más desorbitados.

Había pensado en escribirte sobre la vez que se encerraron en la cocina a gritarse porque ella le hizo una escena de celos y él, en realidad, no había hecho nada malo, aparte de haber tomado mucha cerveza y haber hecho sus mismos chistes de siempre, dirigidos a la rubia desabrida que alguien invitó.

Había pensado en escribirte todas esas historias para ponerte un ejemplo de que las relaciones no siempre son como esperamos, pero que nadie puede dudar que esos dos se aman a morir y que en el fondo es lo que yo quería contigo cuando me dijiste que fuéramos amigos.

Había pensado en escribirte que los envidio.


Y ahora me mandas una carta y me dices que nos casemos.

viernes, 20 de abril de 2012

La Carta


Termino de escribirla, aprieto el print, la impresora se come el papel, arrugando una parte de la ruma. La abro, saco sin cuidado lo que ya no sirve, la vuelvo a cerrar y vuelvo a imprimir.

La leo, una y otra vez, encuentro que es una estupidez, que no estoy hecho para escribir cartas ni poemas de amor. Que lo mío es lo otro; la talla sin sentido, el comentario estúpido, las buenas malas ideas, la cosa práctica.

Ella me llama desde el living, está tirada sobre el sillón, sin zapatos, jugando con el dinosaurio de plástico que le regalé cuando la invité a salir. Tiene la  mirada triste. Me encanta su mirada triste, pero no me gusta que esta vez sea yo el causante de esa pena.

Se suponía que todo esto era para mejor, para pasarlo bien, para ser felices, como las películas. Pero no, nunca pude hacerme entender, nunca pude decirle que realmente me importaba todo esto. Me cuesta decirle lo que siento, lo que me pasa con ella.  Lo mío no es esto. Definitivamente.

Ya no puedo dilatar más la cosa, ella me pregunta si terminé, si le voy a decir lo que quiero hacer de una vez, que si lo pensé, que si tomé una decisión, que la corte y que venga al living.

Se endereza de un salto al verme con el papel en la mano.

Suelta el dinosaurio, apaga la música y abre los ojos.

Leo.

Ella se tapa la cara.

Encargo


Me dijo que le escribiera una carta.
Antes de las doce.
Que le escribiera toda la puta verdad.
Que iba a estar en un bar de mala muerte en un pueblo perdido.
Lejos de Buenos Aires.

Ahí iba a estar, vestida con su blusa de señorita, sus zapatos fifíes con taco que no sirven para nada, menos para ese bar, menos para esa manga de pelotudos que la acompañan.

Simple, una carta de amor, en no más de una carilla.
Antes de las doce y punto.
Una carta que diga por qué ella debería darme una oportunidad, si en el fondo, todo este tiempo la he llenado de mentiras y cuentos que todos sabemos que no pueden ser verdad.
Una carta que en pocas ideas, sino una sola, resuma cual es mi idea de toda esta idea.

Y yo, que me vanaglorié tanto tiempo de poder escribir hasta por encargo; ahora no puedo.
Figuro frente al maldito computador rascándome la cabeza con las dos manos, llenando de caspa el teclado, con una cerveza a medio tomar, un lucky sin filtro sin prender y Miles con So What a lo que dan los parlantes.

Me gustaría parecerme a Hank Moody.

Miro mi reflejo en la ventana y me encuentro bastante patético. Cierro el Word y me voy a Facebook a mirar sus fotos.

Le podría escribir sobre sus cejas o su sonrisa, pero creo que por ahí no va la cosa.

Debería escribirle que pienso en ella todo el día.