Esperé por
esta entrevista casi seis meses. En realidad por casi toda la vida, porque este
es el trabajo que siempre quise. Estudié para esto, trabajé para esto, no
dormí, no comí, pasé todas las desgracias posibles y aquí estoy.
Dos
cajoneras a cada lado, una con una planta encima y otra con un marco de fotos
con sus amigas o compañeras de trabajo, tal vez. En el marco de la ventana hay un
botiquín tirado.
Trato de
encontrar alguna cosa en común de la que pueda comentar en cuanto llegue. Algo
para romper el hielo, algo que haga más fácil las cosas. Pero no. No la encuentro
Escucho sus
tacos por el pasillo, escucho su voz y su risa en una conversación por celular
que corta justo antes de entrar a entrevistarme. Me paro para saludarla; darle
la mano o algo así, cuando sucede. No sé si fue que estoy comiendo mal, o los
antibióticos, o los nervios, o la presión. Cuando me paro, en ese mismo
instante, siento que me voy a desmayar.
Mientras voy
cayendo, la arrastro conmigo al suelo. Para evitar caer sobre ella, logro caer
en contra de la pared al lado del escritorio, quedando aturdido del cabezazo.
Finalmente quedamos acostados los dos juntos, uno al lado del otro.
Finalmente quedamos acostados los dos juntos, uno al lado del otro.
Lleva puesta una blusa
azul a rayas con unos pantalones negros.
Ella es
perfecta.
Me mira, con
su cara a cinco centímetros de la mía.
Me dice que
quedo contratado.
Suelta una
carcajada.