Me despierto con el sonido del teléfono de la casa. Contesto y es la Carmen. Antes de poder decir algo, me bombardea que tengo que comprarle zapatillas a los niños para el tenis, que necesita plata para los dentistas, las clases de piano, que no le alcanza con lo que le doy, que aparte, tiene el auto malo, que necesita ocupar el mío y que si le puedo regalar un pasaje a Alemania para un congreso. Le digo que bueno a todo.
Decido no ir a trabajar, me ducho, salgo, tomo el metro, voy al mercado. Hace siglos que no ando en metro ni voy al mercado. Aprovecho de llevar la cámara, saco hartas fotos. Me siento en un boliche, pido algo, me llama la Inés. Apenas le entiendo, pero es algo de una plata que le prometí para su negocio nuevo. Hace un año que no estamos juntos, pero promesas son promesas y la plata es la plata. Le digo que bueno, corto el teléfono, pido la cuenta, dejo el plato sin tocar.
Subo de vuelta, duermo siesta, oscurece.
Me llama la Tere con la historia de que ya compró los sillones nuevos para la playa, que le deposite y que si pensé en lo del cuadro del José Pedro Godoy, que es bonito, que está barato, que sería una inversión.
Le digo que bueno.
Salgo a la terraza.
Abro una botella de champagne.
Celebro mi cumpleaños solo.
Total, cuarenta años no se cumplen todos los días.
miércoles, 14 de marzo de 2012
sábado, 10 de marzo de 2012
Agua Mineral
Me quedé dormido sobre la cama, vestido, pensando en lo que me dijo mi jefa.
-Si no conseguimos la cuenta de la tienda ancla antes del viernes, nos vamos todos para la casa-
Me quedó claro el “nos vamos” se refería a mí y no precisamente a ella.
Lo peor es que me desvelé un buen rato en la madrugada, no sentí el despertador y desperté asustado con el sol ya saliendo. Miro la hora, y veo que ya debería estar en la oficina. Agarro una camisa limpia, me la pongo en el ascensor.
Por suerte dejé el auto en la calle y milagrosamente me tocan todas las luces verdes y las calles vacías. Recupero el tiempo y cuando casi voy llegando me miro en el espejo retrovisor.
Estoy con una cara y un pelo imposibles.
Miro la puerta del auto y veo una botella de agua mineral que lleva un año ahí. Justo me dan la luz roja, me bajo para tirarme agua en el pelo y en la cara. Suelto la botella y empiezo a peinarme con el reflejo de la ventana del auto de al lado, cuando me doy cuenta de que de todas las personas y autos del mundo, me toca a mi jefa que se ríe a carcajadas de la escena.
Doy la vuelta hasta su lado, le abro la puerta, la tiro del pelo al suelo y empuño la mano.
Ella sigue riendo como una loca y me dice:
-Pégame negro, pégame-
-Si no conseguimos la cuenta de la tienda ancla antes del viernes, nos vamos todos para la casa-
Me quedó claro el “nos vamos” se refería a mí y no precisamente a ella.
Lo peor es que me desvelé un buen rato en la madrugada, no sentí el despertador y desperté asustado con el sol ya saliendo. Miro la hora, y veo que ya debería estar en la oficina. Agarro una camisa limpia, me la pongo en el ascensor.
Por suerte dejé el auto en la calle y milagrosamente me tocan todas las luces verdes y las calles vacías. Recupero el tiempo y cuando casi voy llegando me miro en el espejo retrovisor.
Estoy con una cara y un pelo imposibles.
Miro la puerta del auto y veo una botella de agua mineral que lleva un año ahí. Justo me dan la luz roja, me bajo para tirarme agua en el pelo y en la cara. Suelto la botella y empiezo a peinarme con el reflejo de la ventana del auto de al lado, cuando me doy cuenta de que de todas las personas y autos del mundo, me toca a mi jefa que se ríe a carcajadas de la escena.
Doy la vuelta hasta su lado, le abro la puerta, la tiro del pelo al suelo y empuño la mano.
Ella sigue riendo como una loca y me dice:
-Pégame negro, pégame-
lunes, 5 de marzo de 2012
Dominga
Habíamos quedado en vernos, con alguna excusa. Siempre es la misma historia, que parte con los mensajes por celular y terminamos juntándonos.
Es raro, nunca volvimos después de que dejamos de ser novios, pero siempre nos vemos. Siempre muy tarde, después de sus turnos de noche en la clínica, comemos un sushi o algo en su cocina, y terminamos sentados en su sillón rojo escuchando Holden, a las cuatro de la mañana, muertos de sueño.
Siento un enorme cariño por ella cada una de esas veces, y me voy triste a la casa sabiendo que nunca más vamos a estar juntos. Que somos solo amigos y toda esa maldita pelotudez. No creo en esa amistad, menos si me enamoré de ella desde el minuto en que la conocí. Y nunca dejé de amarla así.
Pero este domingo fue diferente, no le contesté el teléfono ni los mensajes, me quedé metido en la cama, con las cortinas cerradas hasta las cuatro de la tarde, cuando salí a tomar un café. No me dio ni para ducharme, solo apenas me vestí, tomé las llaves y partí.
Caminé hasta que encontré un café cerca de dónde vivíamos antes. Y ahí, afuera, en las mesitas que dan a la calle, estaba ella. Besándose apasionadamente con otra mujer, de la misma edad, de la misma belleza estúpida. Las dos con un tatuaje en el tobillo con unas flores y unos dragones.
Me siento en la mesa de al lado.
Pido una copa de vino.
Es raro, nunca volvimos después de que dejamos de ser novios, pero siempre nos vemos. Siempre muy tarde, después de sus turnos de noche en la clínica, comemos un sushi o algo en su cocina, y terminamos sentados en su sillón rojo escuchando Holden, a las cuatro de la mañana, muertos de sueño.
Siento un enorme cariño por ella cada una de esas veces, y me voy triste a la casa sabiendo que nunca más vamos a estar juntos. Que somos solo amigos y toda esa maldita pelotudez. No creo en esa amistad, menos si me enamoré de ella desde el minuto en que la conocí. Y nunca dejé de amarla así.
Pero este domingo fue diferente, no le contesté el teléfono ni los mensajes, me quedé metido en la cama, con las cortinas cerradas hasta las cuatro de la tarde, cuando salí a tomar un café. No me dio ni para ducharme, solo apenas me vestí, tomé las llaves y partí.
Caminé hasta que encontré un café cerca de dónde vivíamos antes. Y ahí, afuera, en las mesitas que dan a la calle, estaba ella. Besándose apasionadamente con otra mujer, de la misma edad, de la misma belleza estúpida. Las dos con un tatuaje en el tobillo con unas flores y unos dragones.
Me siento en la mesa de al lado.
Pido una copa de vino.
martes, 28 de febrero de 2012
Helena
Porque no me gusta ese supermercado de playa que todo cuesta el triple.
Porque sigo pensando en ti, en que quizás fuiste la mujer de mi vida.
Porque estoy en el supermercado, con todas esas cosas en la cabeza, esperando con un cartón de cigarrillos, una botella de vodka, unas pastillas de menta y entra la Helena.
Porque viene con una lista, escrita a mano, al verme me confunde con un vendedor y me pasa la lista para que la ayude.
Porque la lista está escrita con tu letra, y no necesito leerla para acordarme de las cosas que te gustaban al desayuno.
Porque la Helena me habla, contándome que ella se parece mucho a su mamá, la que escribió la lista, y que está con un señor ese, que no es nada de simpático, y que no soporta que todo el día le pregunte cosas para agradarle.
Porque le hablo de que la gente grande no sabe comunicarse con los niños y que le tenga paciencia, que si su mamá está feliz, que qué importa y qué más da.
Porque terminamos con la lista, le ayudo con lo de las bolsas, el vuelto y salimos caminando juntos.
Porque me termino dando cuenta de que viste toda la puta escena sentada afuera del supermercado y me miras con cara de ternura maternal.
Porque solo atino a moverte una mano y encogerme de hombros.
Porque llego a la casa y me doy cuenta de que olvidé el agua tónica.
Porque sigo pensando en ti, en que quizás fuiste la mujer de mi vida.
Porque estoy en el supermercado, con todas esas cosas en la cabeza, esperando con un cartón de cigarrillos, una botella de vodka, unas pastillas de menta y entra la Helena.
Porque viene con una lista, escrita a mano, al verme me confunde con un vendedor y me pasa la lista para que la ayude.
Porque la lista está escrita con tu letra, y no necesito leerla para acordarme de las cosas que te gustaban al desayuno.
Porque la Helena me habla, contándome que ella se parece mucho a su mamá, la que escribió la lista, y que está con un señor ese, que no es nada de simpático, y que no soporta que todo el día le pregunte cosas para agradarle.
Porque le hablo de que la gente grande no sabe comunicarse con los niños y que le tenga paciencia, que si su mamá está feliz, que qué importa y qué más da.
Porque terminamos con la lista, le ayudo con lo de las bolsas, el vuelto y salimos caminando juntos.
Porque me termino dando cuenta de que viste toda la puta escena sentada afuera del supermercado y me miras con cara de ternura maternal.
Porque solo atino a moverte una mano y encogerme de hombros.
Porque llego a la casa y me doy cuenta de que olvidé el agua tónica.
jueves, 23 de febrero de 2012
La fiera
Caminamos con la Cata por la feria de Tongoy con la misión imposible de buscar un jabón, entre los tomates y las uvas que ya encontramos. Todo por no hacer la fila en la maldita farmacia, llena con gente intoxicada o insolada del verano. Es una verdadera procesión de gente que nada tiene que ver con el pueblo, todos con anteojos de sol que les tapan casi la mitad de la cara.
En el comienzo de la feria, en la calle principal, la con el bandejón al medio, figuran una infinidad de camionetas y cuatro por cuatro estacionadas de las maneras más absurdas. Entonces, en una esquina, veo el jeep de la Amanda, la que abandoné sin explicaciones para irme con su mejor amiga de la universidad. Empiezo a mirar alrededor, rogando que no esté.
Caminamos apurados. La Cata se detiene un minuto a mirar unos duraznos, cuando sucede. Sin ver de dónde ni cómo, siento que alguien me empuja con todas sus fuerzas hacia uno de los puestos de la feria. Mientras voy cayendo, alcanzo a ver en cámara lenta, los lentes café que le regalé a la Amanda, el cielo que se está despejando, la mirada incrédula de la Cata y del resto de los feriantes.
Aterrizo escandalosamente sobre un millón de objetos diversos, rompiendo una mesa de madera.
Siento un dolor de espalda como si algo se hubiera roto.
Miro al lado, desparramados en el suelo, una infinidad de jabones de todos los colores posibles.
En el comienzo de la feria, en la calle principal, la con el bandejón al medio, figuran una infinidad de camionetas y cuatro por cuatro estacionadas de las maneras más absurdas. Entonces, en una esquina, veo el jeep de la Amanda, la que abandoné sin explicaciones para irme con su mejor amiga de la universidad. Empiezo a mirar alrededor, rogando que no esté.
Caminamos apurados. La Cata se detiene un minuto a mirar unos duraznos, cuando sucede. Sin ver de dónde ni cómo, siento que alguien me empuja con todas sus fuerzas hacia uno de los puestos de la feria. Mientras voy cayendo, alcanzo a ver en cámara lenta, los lentes café que le regalé a la Amanda, el cielo que se está despejando, la mirada incrédula de la Cata y del resto de los feriantes.
Aterrizo escandalosamente sobre un millón de objetos diversos, rompiendo una mesa de madera.
Siento un dolor de espalda como si algo se hubiera roto.
Miro al lado, desparramados en el suelo, una infinidad de jabones de todos los colores posibles.
sábado, 18 de febrero de 2012
Hablar de ti
Me levanto después de al fin haber dormido algo, después de una semana de insomnio. Prendo el computador y busco si escribiste algo que me haga sentido, algo que me de una señal de que no me olvidaste.
Pongo la cafetera, pongo " Hablar de ti" de Manuel García, leo tus historias y quiero imaginar que piensas en mí. Recuerdo esa vez que te tiré el pelo y reíste, recuerdo las veces que reímos de mis manías compulsivas.
Busco en el refrigerador algo para el desayuno, y solo veo un poco de dulce de membrillo. Me parece buena idea, porque me recuerda mucho a ti. Ese sabor del primer día en que nos fuimos a vivir juntos, las veces que íbamos al supermercado de la esquina y comprábamos el famoso dulce en menos de luca, lo que era un lujo en ese tiempo.
Corto un pedazo, lo pongo en la mesa de la terraza, pero la alarma de la lavadora me interrumpe. Saco la ropa que se acaba de lavar, la cuelgo minuciosamente ordenada, me quedo minutos pegado mirando que, sin darme cuenta, lavé cosas tuyas que dejaste abandonadas.
Los ojos se me llenan de lágrimas y corro con la vista borrosa a comer nuestro dulce de membrillo. Siento ese sabor intenso, demasiado. Más de lo que recordaba. Manuel García sigue cantando, y siento una picazón indescriptible en la boca.
Miro mi reflejo en la cafetera.
Cientos de hormigas salen de mi boca.
No paro de llorar.
Pongo la cafetera, pongo " Hablar de ti" de Manuel García, leo tus historias y quiero imaginar que piensas en mí. Recuerdo esa vez que te tiré el pelo y reíste, recuerdo las veces que reímos de mis manías compulsivas.
Busco en el refrigerador algo para el desayuno, y solo veo un poco de dulce de membrillo. Me parece buena idea, porque me recuerda mucho a ti. Ese sabor del primer día en que nos fuimos a vivir juntos, las veces que íbamos al supermercado de la esquina y comprábamos el famoso dulce en menos de luca, lo que era un lujo en ese tiempo.
Corto un pedazo, lo pongo en la mesa de la terraza, pero la alarma de la lavadora me interrumpe. Saco la ropa que se acaba de lavar, la cuelgo minuciosamente ordenada, me quedo minutos pegado mirando que, sin darme cuenta, lavé cosas tuyas que dejaste abandonadas.
Los ojos se me llenan de lágrimas y corro con la vista borrosa a comer nuestro dulce de membrillo. Siento ese sabor intenso, demasiado. Más de lo que recordaba. Manuel García sigue cantando, y siento una picazón indescriptible en la boca.
Miro mi reflejo en la cafetera.
Cientos de hormigas salen de mi boca.
No paro de llorar.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Los desvelos
Siempre a la misma hora de los jueves, por la misma ciclovía de Pocuro. En verano o invierno. Siempre se detiene a descansar con la bicicleta en el banco frente a mi terraza. Ella tiene esos cascos que los audífonos incorporados, y tararea la misma canción mientras descansa.
Fue más mi curiosidad que mi aburrimiento la que me hizo bajar la primera vez. Curiosidad por saber que canción escuchaba más que saber cómo se llamaba o que hacía. Hasta que tomé mis llaves, mis cigarrillos y bajé.
Ella sigue ahí, haciendo sus ejercicios, tarareando la canción. A un par de metros de distancia, me doy cuenta de que escucha "The District Sleeps Alone Tonight". Apago el cigarrillo, me acerco y le pregunto su nombre. Me dice que se llama Luna. Yo la miro sin saber si es una broma. Ella ríe. Me cuenta que no le gusta usar casco, pero que lo ocupa porque tiene esos audífonos y funcionan. Que en el invierno ocupa un traje de lluvia.
Todos los jueves nos vemos, nunca faltamos a la cita. Excepto esta semana, que volvió la Andrea y celebramos su cumpleaños. Cada cierto rato me asomo a la terraza, para ver si llegó Luna y hacerle una seña. Estamos en lo del cumpleaños feliz, con las luces apagadas, las velas prendidas, las miradas cómplices, cuando siento el vidrio romperse, algo entra y cae directo sobre la torta.
Es una piedra envuelta en un papel.
Lo abro, dice: -Pinché un neumático!-
Fue más mi curiosidad que mi aburrimiento la que me hizo bajar la primera vez. Curiosidad por saber que canción escuchaba más que saber cómo se llamaba o que hacía. Hasta que tomé mis llaves, mis cigarrillos y bajé.
Ella sigue ahí, haciendo sus ejercicios, tarareando la canción. A un par de metros de distancia, me doy cuenta de que escucha "The District Sleeps Alone Tonight". Apago el cigarrillo, me acerco y le pregunto su nombre. Me dice que se llama Luna. Yo la miro sin saber si es una broma. Ella ríe. Me cuenta que no le gusta usar casco, pero que lo ocupa porque tiene esos audífonos y funcionan. Que en el invierno ocupa un traje de lluvia.
Todos los jueves nos vemos, nunca faltamos a la cita. Excepto esta semana, que volvió la Andrea y celebramos su cumpleaños. Cada cierto rato me asomo a la terraza, para ver si llegó Luna y hacerle una seña. Estamos en lo del cumpleaños feliz, con las luces apagadas, las velas prendidas, las miradas cómplices, cuando siento el vidrio romperse, algo entra y cae directo sobre la torta.
Es una piedra envuelta en un papel.
Lo abro, dice: -Pinché un neumático!-
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