miércoles, 14 de marzo de 2012

Martes trece

Me despierto con el sonido del teléfono de la casa. Contesto y es la Carmen. Antes de poder decir algo, me bombardea que tengo que comprarle zapatillas a los niños para el tenis, que necesita plata para los dentistas, las clases de piano, que no le alcanza con lo que le doy, que aparte, tiene el auto malo, que necesita ocupar el mío y que si le puedo regalar un pasaje a Alemania para un congreso. Le digo que bueno a todo.

Decido no ir a trabajar, me ducho, salgo, tomo el metro, voy al mercado. Hace siglos que no ando en metro ni voy al mercado. Aprovecho de llevar la cámara, saco hartas fotos. Me siento en un boliche, pido algo, me llama la Inés. Apenas le entiendo, pero es algo de una plata que le prometí para su negocio nuevo. Hace un año que no estamos juntos, pero promesas son promesas y la plata es la plata. Le digo que bueno, corto el teléfono, pido la cuenta, dejo el plato sin tocar.

Subo de vuelta, duermo siesta, oscurece.

Me llama la Tere con la historia de que ya compró los sillones nuevos para la playa, que le deposite y que si pensé en lo del cuadro del José Pedro Godoy, que es bonito, que está barato, que sería una inversión.

Le digo que bueno.
Salgo a la terraza.
Abro una botella de champagne.

Celebro mi cumpleaños solo.

Total, cuarenta años no se cumplen todos los días.

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