lunes, 13 de febrero de 2012

Concepción

La barrera del estacionamiento no se abre, a pesar de que ya saqué el ticket. Es casi la una de la mañana, no hace frío. El bus en que viene la Concepción, ya llegó. Finalmente un guardia con una radio, me ayuda. Logro entrar, bajo al subterráneo y estaciono el auto al lado de la escalera.

Salgo a los andenes, llenos de basura y de gente con actitud que me da miedo. Creo que es una mala idea llegar a esta hora en bus, salir a la Alameda y tomar un taxi. El metro está cerrado y es imposible subir a una micro con esa maleta. Por eso la vine a buscar, porque a pesar de que ya no estamos juntos, me da miedo que algo le pase.

El bus tiene dibujado un pájaro azul, ella baja con su vestido blanco de cuentos. La veo tan joven, con esa maravillosa sonrisa inocente, con sus dientes grandes y blancos, con las cejas tupidas, con su manera de hablar. Me abraza afectuosamente, tomo su maleta, partimos.

No hablamos en el camino, irónicamente suena "Terrible love" de The National en la radio. Llegamos a la puerta de su casa en Providencia e inevitablemente termino hablando de lo mismo. Que yo soy muy viejo para ella, que tengo dos hijos, que no puedo comprometerme en este momento, que me gusta mucho, pero es mejor dejarlo así.

Entonces, entre lágrimas, me dice que tiene que confesarme dos cosas:

-Primero, te amo.-
-Segundo, tengo quince.-

viernes, 10 de febrero de 2012

Fuera del mundo

Logramos entrar al estadio justo antes de que se apaguen las luces, no hace frío, está a punto de llover. El cambio de clima hace que me duela la rodilla, igual que a los viejitos. Caminamos colándonos entre la gente. Empieza la música, todo el mundo comienza a saltar y prefiero quedarme a salvo en un lugar desocupado.

-Vamos más adelante- me grita la Cecilia.

Le digo que vaya ella, que mi rodilla, que estoy viejo, que en fin.
Le muestro un cartel de Coca-Cola en el fondo y le digo que si nos perdemos nos encontremos ahí en el final.

Ella se pierde entre la gente, con la mirada ida y tengo miedo de que lo que le dije lo olvide. Así es ella. Fuera de este mundo, mucho más joven y loca que yo. Así es ella; incomprensible, incontrolable. Impredecible.

La estridencia de la música, los grupos que saltan y se pegan unos a otros, las poleras negras con una mano tratando de agarrar algo. Todo me produce un pavor incontrolable, comienzo a retroceder hasta quedar bajo el famoso letrero.

Las canciones se me hacen interminables hasta que todo termina y se prenden las luces. Espero por la Cecilia hasta que se vacía el estadio y no queda nadie. La llamo a su celular y no contesta. Pregunto por ella en las enfermerías de emergencia debajo de unas carpas.

Finalmente me llama al teléfono y me grita:

-Estuvo increíble, estoy en el auto!, ¿Dónde estás?-

lunes, 23 de enero de 2012

La espera

Siempre tomo el café de los lunes en el mismo lugar, a la misma hora. Siempre en la misma mesa con el muro pintado azul, en donde la Andrea me dijo que nuestro matrimonio se había terminado.

Camino hacia el café como siempre, y veo que la mujer que conocí en la fiesta de año nuevo está sentada en mi mesa, esperando con un café. Lo pasamos bien, salimos un par de veces, pero cuando empezó a llamarme de madrugada, o a esperarme afuera de mi casa, la corté.

Sigo de largo, esperando que no me vea, cruzo la calle y entro al banco. Saco una cartola y salgo caminando en otra dirección. Siento que me llama desde el frente, camino más rápido.

Al dar vuelta a la esquina, miro hacia atrás y no la veo, doy vuelta en la esquina siguiente. Entonces veo esta mujer pasando en su auto por la calle que acabo de dejar. Camino más rápido. Doblo nuevamente en la esquina siguiente y veo su auto pasar nuevamente de largo. Ya casi voy corriendo, miro mi auto estacionado a unos cincuenta metros cuando la veo venir directo hacia mí.

Tomo el teléfono y marco cualquier número sin mirar, me protejo detrás de un poste. Entonces me contesta la Andrea y me pregunta en qué ando. La mujer del auto frena bruscamente y baja el vidrio.

-Quiero volver a la casa, Andrea- digo casi afligido.

De fondo la mujer grita cosas que no logro entender.

martes, 17 de enero de 2012

La buena idea

Es raro, la Inés me llamó después de un par de años de no vernos, a pesar de que nos separamos cuando quedó embarazada, a pesar de nunca veo a Pedro. Pedro sabe perfectamente que soy su papá, lo que hago y dónde vivo, y nunca se ha preguntado por qué no vengo a buscarlo, o por qué no estoy junto a su mamá.

Ahí me encuentro, afuera de la reja del edificio, con una bolsa con sushi, esperando que la Inés llegue de su turno de la clínica. Estaciona el auto, me da un abrazo afectuoso, subimos. Me obliga a sacarme los zapatos, ponemos el sushi en platos y abrimos una botella de vino tinto.

Ahí está ella, con el pelo rojo largo, más hermosa que nunca, más tranquila, más simpática. Es inevitable recordar los momentos buenos que tuvimos y pensar que podríamos intentarlo de nuevo. Es inevitable bromear con que la escultura del living es mía, es inevitable decirle que me gustaría quedarme, que estoy cansado de sentirme solo.

Entonces aparece Pedro, apenas despierto de su siesta. Es inexplicablemente amable conmigo. Es el niño más hermoso del mundo, un poco serio, un poco tímido, igual a la Inés, pero con muchos gestos parecidos a mí. La Inés aprovecha la excusa de ir al baño para dejarnos solos.

Pedro se me acerca, me toma la mano con un cariño indescriptible.

Me dice tranquilamente:

-Papá, aunque la quieras, no vuelvas con mi mamá; no va a funcionar-.

lunes, 16 de enero de 2012

Tristeza no tiene fin

La sala de reuniones se llena cada vez más de gente desconocida. Faltan sillas, así que tienen que traer algunas de la oficina de al lado. Miro los platos con las galletitas ordenadas, con ganas de sacar una. El problema es que el orden es tan perfecto, que da como vergüenza matarlo.

Alguien baja las cortinas con un control remoto para que la imagen de la presentación se vea mejor. De las doce personas sentadas en la mesa, ocho tienen notebooks abiertos y teclean alguna cosa muy distante de este lugar.

Se abre una vez más la puerta y entra la pasajera número trece. Es una mujer ni tan joven ni tan vieja, ni tan alta ni tan baja, con el pelo crespo negro, perfecta. Lleva un vestido negro con escote redondo, un bolso cruzado adelante y unos zapatos rojos maravillosos. Apenas logro verlos en la oscuridad, pero sé que son hermosos.

Mi vecino de asiento presenta a la trece, con nombre y apellido. Miro la minuta, y ahí está su nombre y su mail. Salgo de mi aburrimiento pensando en que nos tocará trabajar juntos por un tiempo.

Inexplicablemente la mujer me mira fijamente y no esquivo la mirada tratando de ganar el desafío. Casi sin apartar la vista, saca su blackberry y teclea alguna cosa.

Siento la vibración de mi teléfono en el bolsillo.

Es un mail de ella.

Me escribe que mis zapatos son divertidos.

Los miro.

Tengo uno negro y uno café.

miércoles, 11 de enero de 2012

Cuatrocientos cuatro

Subimos rápido por la Costanera. Llueve copiosamente y el Peugeot logra pasar por las esquinas inundadas. Llevas tus cuadernos de música, y vas practicando mentalmente la melodía en un piano imaginario. Pasamos por los galpones gigantes de la CCU pintados color crema, dónde los camiones parecen de juguete a la lejanía.

Miras el tapiz de vinil rojo del auto, con sus costuras verticales franjeadas en relieve. Miras la protuberancia del suelo que lleva la transmisión a las ruedas traseras. Entonces doblamos por El Bosque, pero el auto empieza a andar a tirones. El motor tiende a pararse, lo pongo en neutro, lo acelero. La lluvia ya forma un río en la calle.

Cruzamos Apoquindo y en la mitad de la cuadra el auto muere. Se sienten las bocinas de los impacientes que vienen atrás. El auto no responde a los intentos de volver a hacerlo partir, bajo el vidrio, abro la puerta, me bajo y comienzo a empujarlo llevando la dirección del volante desde afuera.

Te asomas por la ventana, miras mis zapatos blancos con suela de goma sumergirse en la poza. Los pantalones blancos de doctor comienzan a empaparse rápidamente. No sé de dónde saco fuerza, porque avanzamos a pasos casi normales con el auto, a pesar del agua y de los autos que pasan a nuestro lado y me terminan empapando.

Miro el reloj y me doy cuenta de que tu clase ya empezó.

Al día siguiente no fui a trabajar.

Recuerdo que lloraste esa noche.

domingo, 8 de enero de 2012

Eres tú.

Siempre es lo mismo.

Cada vez que algo anda mal en mi vida, termino llamándote. A las horas más insólitas, en el estado en que esté. O deprimido, o borracho, o sin pega, o sin novia.

Camino por Apoquindo hasta tu casa, desde el metro Alcántara, doblando por el cerrito Navidad, en ese lugar que me da miedo pasar de noche.

Y siempre estás ahí, sentada afuera de tu edificio, esperando. Siempre lo mismo, que caminas a encontrarme, que me abrazas por la espalda, que me haces cariño en el pelo y subimos. Siempre nos reímos de lo viejo de tu Ford Escort azul, de el hall de entrada inútil del edificio, del gimnasio que sólo ocupas tú.

Me acuerdo cuando los dos estábamos enfermos y vimos el final de LOST mientras hablábamos por teléfono, cada uno desde su casa. Me acuerdo como lloramos juntos, y hablamos casi toda la noche. Me acuerdo de la música y de pensar en la suerte de tenerte, me acuerdo de que usabas frenillos en esa época.

Subimos al ascensor, marco el cinco, me miro en el espejo y veo que tengo los ojos rojos y unas ojeras espantosas. La puerta del departamento está abierta, entramos a la cocina y preparas un té. Siento tanta vergüenza que esta escena se repita una y otra vez.

Apagas el televisor y en tono solemne me dices:
-Me voy a casar-
Te miro en silencio, y te encuentro hermosa.

Te pido leche para el té.