Recuerdo perfectamente cuando esos amigos en común te llevaron a la casa.
Nunca me gustaron las citas a ciegas.
Se los dije muchas veces, que no quería conocerte, que al final sabía que iba a
terminar enamorándome de ti, que ya estaba viejo, que no quería preocuparme por
alguien.
Pero ahí estabas,
sentada tímidamente, en mi propia casa, puntualmente. Antes que llegara yo,
incluso.
A duras penas me
miraste a los ojos y ahí me acordé que te había pasado eso del ojo, no recuerdo
bien que era, pero lo tenías como una pelota roja a punto de explotar.
Todos hablaron
por ti, que te ibas a operar, que no era nada para preocuparse, que ya ibas a
estar mejor.
Seguías mirándome
tímidamente, te acercaste, te sentaste a mi lado y no dijiste nada.
Me enamoré
perdidamente de ti, de tu forma de ser, de tu olor, de tus arrebatos de furia, de
tus tardes tomando el poco sol de invierno que entraba por la ventana.
Me acostumbré a
entender que independiente de que estuviéramos peleados, siempre llegabas de la
otra pieza, al final de la noche, te metías a la cama y me abrazabas sin decir
nada.
Me acostumbré a
nunca más salir con mis amigos y poder estar tranquilo, pues te extrañaba y
quería siempre estar contigo.
Me acostumbré a
tus ojos tristes, a tu odio a la lluvia y a tu pelo negro.
Me acostumbré a
decirte Subarú.
Por el ruido que hacías al roncar.