Era tarde y me estaban esperando.
Las dos sentadas en la cocina con el cuaderno abierto y un
lápiz pasta azul encima en el puesto vacío de la mesa que supuse era el mío.
Vestidas iguales, balanceándose en las sillas, tocando el
suelo apenas con la puntas de los pies.
Y entonces empezó el interrogatorio de por qué se me había
ocurrido los nombres de Ornella y de Olimpia para ellas. Que en el colegio les
habían preguntado. Que era para una tarea.
Sabían perfectamente que los había elegido mucho antes.
Mucho antes de conocer a la Paula.
Pensé rápido.
Imaginé contándoles sobre algo una estrella de cine, sobre
la madre de Alejandro Magno.
De una película de Woody Allen y de las serpientes
domesticadas.
De la película de Flash Gordon y del sueño sobre el rayo que
cayó en el vientre.
Cosas épicas.
Pero antes de que pudiera decir nada; sacaron un papel y lo pusieron
arriba de la mesa. Era un cuento que había escrito muchos años atrás; antes de
que nacieran y en el que las describía perfectamente. Era una predicción
perfecta de sus rasgos físicos, de sus personalidades, de sus defectos y sus
virtudes.
No supe a dónde lo habían encontrado, pero el asunto no les
causaba mucha gracia. Había algo de enojo, pero también de curiosidad.
Entonces, les tuve que decir la verdad.
“Soy un viajero del tiempo”.
Lo escribieron en el cuaderno.
Lo metieron en una de las mochilas.
Calentamos una pizza.
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