miércoles, 23 de junio de 2021

Huevos de Pascua

Bañamos y acostamos a los niños.

Salimos un rato a la casa de amigos.
Nos emborrachamos.
Reímos.

Siempre volvemos caminando, conejeando por calles interiores, bromeando que te regalo un departamento gigante.
Hablamos en ruso con las nueve palabras que nos aprendimos por google.

Subimos en el ascensor y aprovecho de hacerte cariño.
Entramos al departamento, nos sacamos lo zapatos y me recuerdas que hay que esconder los huevitos.
Sacas una bolsa pequeña, y empezamos a meterlos en cada rincón posible.

Estamos en eso y te pregunto si cuando eras chica lo hacían en tu familia.
Me cuentas que sí, que todos los años.
Hasta que no lo hicieron más.
Miro tus ojos y están brillantes. Miras por la ventana. Te pierdo.

Hago mis chistes inclusivos del conejite de pascue y los huevites, pero no te hace gracia.
Trato de cambiar el tema pero nada funciona.
Cada vez que pasa eso, te pregunto directamente y hablamos largas horas y me cuentas tus historias. Las buenas y las no tanto.

En mi desesperación por recuperarte, recuerdo algo.
Destrozo un huevito lo muelo y lo meto junto los pedazos de su envoltorio y plásticos varios en una de las bolsas celestes que ocupamos para la caca del perro.
Le escribo con un plumón rojo; “No sea intrusa, señora”.
Lo meto bajo tu almohada y bajo a pasear al perro.

A mi vuelta sostienes la bolsa con dos dedos muerta de la risa.

Me agradeces preocuparme por ti.

Estás sin ropa.


martes, 22 de junio de 2021

Drive

Te dije que te quería pedir algo.

Una sola cosa.
Pero no me atreví.


Te quería pedir algo de tiempo.
Pero tenía claro que tiempo era lo que menos tenía derecho de pedirte y para peor; lo único que no podías darme.

Igual nos seguimos viendo.
Cada vez más esporádicamente.
Cada vez quedaba más triste de esos encuentros.

Te borré del Instagram.
Por un lado me hacía feliz de que fueras feliz.
Por un lado me ponía muy triste el que yo no fuera el que te hiciera feliz en esas fotos.

Seguí cuidando de ti, esperando nada.
Seguí enviándote el mismo regalo para todos tus cumpleaños.
Entonces me escribiste. Tan cariñosa como siempre. Que mejor te olvidara. Que mejor quedarse con un recuerdo maravilloso.

Pasó el tiempo y te hiciste cada vez más perfecta.
Pasó el tiempo y me hice cada vez una peor versión de mi personaje patético.
Soñaba que como Jenny de Forrest Gump, volvieras a casa para poder cuidarte. Pero nunca volviste.

Una vez te vi con tu novio que te abría la puerta del auto y te trataba como una reina.
Una vez te vi con tu hermana paseando a tus dos hijos preciosos.
Siempre pensé en acercarme y saludarte. Nunca lo hice.

Siempre te quise preguntar si estabas arrepentida de lo nuestro.
Siempre te quise de una manera única.
Ni mejor, ni más, ni más fuerte. Tan solo diferente. Maravillosamente diferente.

Hoy por primera vez voy a tu cumpleaños.
Te llevo un Hennessy.

Su merced.

Estaba nervioso.

Por fin tenía la cita que tanto había esperado contigo.

Una sensación de somnolencia me acompañó durante todo el camino.
Me costaba abrir los ojos. Como si estuviera dormido. Como si estuviera soñando.

Se supone que nos juntábamos en ese restorán que siempre pasamos por fuera.
Ese doble altura con una barra en forma de círculo.
No tengo recuerdos de como llegué.
Si fue en taxi o caminando.

Solo recuerdo que aparecí de improviso en el lugar.
Pero ahora es distinto, es como un supermercado. Color crema.
Es iluminado por una luz blanca.
Me da miedo que vaya a llover, aunque estemos bajo techo.
No entiendo mucho.

Entonces llegas.
Tal como lo prometiste.
Con tu vestido negro impecable, el pelo suelto y zapatillas.
Perfecta.

Pero de repente, no eres tú.
O sea eres tú, pero tienes otra cara. Eres Sasha Lane.
Me miras y me sacas la lengua en tono burlesco.
Te respondo igual.

Suena Rihanna por los parlantes.
We found love.
Yo ya no soy yo. Soy Shia LaBeouf.
Como todos saben que me subo arriba de las mesas y bailo, lo hago sobre una de las cajas.
La cajera llama a seguridad.
Me echan.
Te dejo un beso a través de la puerta de vidrio.


Entonces despierto.

Está oscuro
El televisor está prendido.
Mi gato me mira.

Con una de sus patas apaga el televisor con el control remoto.
Le hago cariño en la espalda.
Se le paran los pelos.

Me dice que duerma.

domingo, 20 de junio de 2021

Legacy

 

Siempre llegas a las 6.
No entiendo por qué mierda llegas a esa hora si el colegio abre a las 7:30.
Religiosamente te estacionas al frente de mi casa, de tal manera que pueda verte. Un Subaru Legacy 97 gris desteñido y asqueroso.

A las 7:25 se baja tu hijo del auto. Es hermoso, igual a ti. Te da un beso y entra al colegio. Lo esperas toda la mañana leyendo un libro. Luego vuelve y lo obligas a limpiarse las suelas de los zapatos antes de subirse y partir.

Durante todo ese lapso de tiempo no puedo salir de la casa.
El miedo a mirarte directamente a los ojos me bloquea y prefiero quedarme acá.
He visto crecer a tu hijo en este proceso y nunca me he animado a salir.

Hasta que creció tanto que salió del colegio y en ese marzo esperé ya no verte.
Pero nuevamente estabas ahí.

De pura rabia salgo a enfrentarte, empuño la mano y me encuentro cara a cara contigo, parada frente a mi puerta.
Te digo que la cortes, que mantengo lo que te dije que prefería que nos separáramos antes de que rompieras mi corazón.
Que te daba lo que quisieras. Un viaje. Muchos viajes.
Pero que no podía seguir.

Me miras con tu risa diabólica que tanto adoraba.
No dices nada.
Con una mano te subes el polerón, dejas a la vista tu cintura perfecta y con la otra te acaricias cerca del ombligo.

Ya empezaste de nuevo.

sábado, 19 de junio de 2021

La espía Rusa

Llegó un jueves o un viernes.

El lunes era feriado y volvió el martes.
A primera hora.

Esa mujer se instalaba con una sombrilla de colores, varios termos y algunos recipientes que no se veía qué tenían adentro.
Desde un comienzo me pareció raro vender café en ese lugar. No era muy transitado. De hecho, casi no pasaba nadie más que los paseadores de perros y uno que otro jardinero que hacía la mantención del bandejón central.

La comencé a mirar desde la ventana del comedor, entre las persianas.
Siempre hablando o escribiendo textos por el teléfono. Desde mi departamento no se le podía ver la cara a esa distancia. Aparte que siempre usaba un jockey que le tapaba parte de los ojos y le escondía el pelo.

Pasé largas horas mirándola y cada vez me causaba más curiosidad. Nunca la vi vender un café, pero religiosamente anotaba algo en una libreta. Entonces se me ocurrió la brillante idea de poner en aviso a los policías que están de guardia en el edificio hacia el otro lado de la esquina. Me dijeron que iban a chequear. Los vi acercarse, no intercambiaron más que un par de palabras, no compraron nada. Cuando pasaron bajo mi ventana, me hicieron una señal de que todo estaba bien.

La vi por un par de semanas más.

No aguanté.

Bajé a comprar un café y poder verle la cara.

Era perfecta.
Le toqué el cuello.

Le pedí que viviera conmigo dos años.

martes, 15 de junio de 2021

Medusa

 

Me levanto en la mañana.
Tengo los ojos casi pegados de pena.
Recorro el camino hacia la cocina apoyándome en los muros para no caerme.
Ya salió el sol y me cuesta ver bien por el reflejo.
Me acuerdo que existe la palabra resolana, pero nadie la usa.

Busco el control remoto del equipo.
Me agacho para recogerlo debajo del sillón y me doy cuenta que hay un calcetín tuyo.
Quizás desde cuando nadie limpia ahí porque partiste hace demasiado tiempo.

Me acuerdo cuando la empecé a cagar y sentir celos de ti.
A revisar tus cosas, tu mochila, tu teléfono.
Nunca entendí que me estabas dejando de amar por estúpido.
Era más fácil echarle la culpa a otra cosa.

Prendo la música, pongo The Power of love de Frankie.
Entro a la cocina, caliento el café preparado hace tres días.

Miro alrededor y esta casa ya no es mi casa.
No reconozco nada de lo que hay y en realidad nada me importa si ya no estás más.
Debí haberte regalado flores cuando pude, aunque fuera cliché.
Debí haberte confesado que te amé mucho antes de lo que me atreví a confesar.

Pero siempre me tomé todo a la talla, nunca paré de bromear y fue tanto; que en algún minuto ya no se distinguía que todo lo que decía de viajar juntos, de cumplir mis promesas, de cambiar para mejor, era verdad. Y que de verdad lo sentía. O lo creía.

Miro el calcetín.
Tiene un hoyo.

jueves, 3 de junio de 2021

Máquina del tiempo

 Metro línea uno.

Hace rato que no andaba en metro. Años. Décadas.
Le robé, 
a la Manu, los audífonos que se le quedaron  en el auto y encontré buena idea escuchar algo de música.

Spotify con sus ideas propias me pone una canción de Sting.
Y ahí sucede, como Ego con la lapicera.

Estamos en el sillón, escuchamos el disco que acaba de salir, el que me trajo mi primo para que lo pasara a casette en el equipo de mi viejo. Te hago cariño en el pelo, luego en los pies. Invento un rito en que con dos círculos de saliva que dibujo con el dedo, uno en cada pantorrilla; eres mía.

O en realidad, tienes algo de mí que no tiene nadie más en este mundo.

Perdemos el tiempo con un poco de culpa, mañana hay entrega de taller, estamos casi a fin de año y nuestras notas están al filo de reprobar. Las maquetas a medio hacer, los planos con muy poca información.

Siento la felicidad máxima de no saber lo que quiero, solo de saber que sea para siempre.

Llega la mejor parte de la canción:

“Entonces déjame construir un puente, porque no puedo llenar el abismo”

Y siento que alguien me saca los audífonos desde atrás. Abro los ojos, volteo para verte y eres tú.

No envejeciste.
Me apuntas las puertas abiertas del vagón.
Suena la alarma de que se van a cerrar.

Salgo corriendo.

Es Tobalaba.

Tú vas a Escuela Militar.