jueves, 3 de junio de 2021

Máquina del tiempo

 Metro línea uno.

Hace rato que no andaba en metro. Años. Décadas.
Le robé, 
a la Manu, los audífonos que se le quedaron  en el auto y encontré buena idea escuchar algo de música.

Spotify con sus ideas propias me pone una canción de Sting.
Y ahí sucede, como Ego con la lapicera.

Estamos en el sillón, escuchamos el disco que acaba de salir, el que me trajo mi primo para que lo pasara a casette en el equipo de mi viejo. Te hago cariño en el pelo, luego en los pies. Invento un rito en que con dos círculos de saliva que dibujo con el dedo, uno en cada pantorrilla; eres mía.

O en realidad, tienes algo de mí que no tiene nadie más en este mundo.

Perdemos el tiempo con un poco de culpa, mañana hay entrega de taller, estamos casi a fin de año y nuestras notas están al filo de reprobar. Las maquetas a medio hacer, los planos con muy poca información.

Siento la felicidad máxima de no saber lo que quiero, solo de saber que sea para siempre.

Llega la mejor parte de la canción:

“Entonces déjame construir un puente, porque no puedo llenar el abismo”

Y siento que alguien me saca los audífonos desde atrás. Abro los ojos, volteo para verte y eres tú.

No envejeciste.
Me apuntas las puertas abiertas del vagón.
Suena la alarma de que se van a cerrar.

Salgo corriendo.

Es Tobalaba.

Tú vas a Escuela Militar.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Grace Jones

Recuerdo perfectamente cuando esos amigos en común te llevaron a la casa.

Nunca me gustaron las citas a ciegas.


Se los dije muchas veces, que no quería conocerte, que al final sabía que iba a terminar enamorándome de ti, que ya estaba viejo, que no quería preocuparme por alguien.

Pero ahí estabas, sentada tímidamente, en mi propia casa, puntualmente. Antes que llegara yo, incluso.

A duras penas me miraste a los ojos y ahí me acordé que te había pasado eso del ojo, no recuerdo bien que era, pero lo tenías como una pelota roja a punto de explotar.

Todos hablaron por ti, que te ibas a operar, que no era nada para preocuparse, que ya ibas a estar mejor.

Seguías mirándome tímidamente, te acercaste, te sentaste a mi lado y no dijiste nada.

Me enamoré perdidamente de ti, de tu forma de ser, de tu olor, de tus arrebatos de furia, de tus tardes tomando el poco sol de invierno que entraba por la ventana.

Me acostumbré a entender que independiente de que estuviéramos peleados, siempre llegabas de la otra pieza, al final de la noche, te metías a la cama y me abrazabas sin decir nada.

Me acostumbré a nunca más salir con mis amigos y poder estar tranquilo, pues te extrañaba y quería siempre estar contigo.

Me acostumbré a tus ojos tristes, a tu odio a la lluvia y a tu pelo negro.

Me acostumbré a decirte Subarú.

Por el ruido que hacías al roncar.

jueves, 22 de abril de 2021

Alzheimer

 

Tal como “Still Alice” con la Julianne Moore cuando va trotando y no sabe dónde está ni quién es.
Siempre tuve miedo de eso.

Y ahí estoy, es una bencinera, pero no tengo claro qué es lo que sucede, cómo me llamo, ni qué tengo que hacer.

Te miro, abres la ventana muy poco y un hombre en uniforme nos dice que le pasemos la llave del auto para abrir la tapa de la bencina.
No reconozco el auto, pero trato de seguir la instrucción.

Y ahí sucede lo peor.

En mi desesperación no logro pasar la llave si no que, a cambio, empiezo a apretar botones al azar. El hombre insiste que le pase la llave y yo insisto en hacer cualquier otra cosa. Siento que no tengo control de nada. Me miras sorprendida.
Abro la maleta, prendo las luces, activo el limpiaparabrisas.

El hombre vuelve a pedir la llave, ya molesto.

Yo no logro juntar lo que estoy pensando con lo que debiera hacer.

Aprieto un par de botones más, se prende la radio, el hombre vuelve a pedir la llave, suena “Henny and Gingerale”.

Amablemente me tomas el antebrazo, me miras a los ojos, sacas la llave y se la entregas al hombre.

No te reconozco. Pienso que pudieras ser mi hija, quizás mi nieta.
Te pareces mucho a alguien que recuerdo haber amado demasiado.

Escucho un poco más la canción.

Te recuerdo bailándola en medio del campo.

 

El hombre nos pregunta si limpia el parabrisas.

lunes, 15 de marzo de 2021

Luna Rossa

 

Nunca había navegado en un yate.
Pero había leído mucho, visitado ferias de embarcaciones y estaba suscrito a un canal de reseñas de todo tipo de cruceros que anima un inglés medio turnio y muy simpático.
Soñaba que me ganaba el Kino y me compraba uno.
Con varias cabinas, para invitar a los amigos.
A motor si me ganaba el Powerball y a vela si me ganaba el Kino.

Siempre te contaba lo mismo, pero no llamaba tu atención en lo más mínimo.

Te mostraba los videos, las fotos, los atardeceres con una copa en la mano, con un sombrero para protegerse del sol, en esas reposaderas de cojines interminables.

Pero no había caso. Cero.

Entonces fuimos de vacaciones a San Andrés, y de la nada, casi de aburrida, decidiste arrendar una lanchita para que nos paseara por las pequeñas islas mientras tomábamos caipiriñas y piñas coladas.

La tripulación era un papá y su hijo que hablaban mitad español y mitad creole. El hijo se avergonzaba un poco de las historias del papá, pero igual lo ayudaba buceando y trayendo una estrella de mar, una mantarraya o cualquier cosa que llamara nuestra atención.
Su piel era casi azul de lo oscura, sus dientes blancos perfectos y sus ojos; hermosos.

 

Entonces, en la mitad de la nada, borrachos, nos tiramos una vez más al agua.

Me abrazaste y me dijiste que por fin entendías lo del yate.

 

Te sonreí.

Me dio un calambre.


Tragué un poco de agua salada.

jueves, 18 de julio de 2019

Te perdí. La culpa fue mía.




Ya es hora de irse. Termino de lavar los platos del almuerzo, ordeno nuestras cosas y limpio la cocina. Me asomo por la ventana, te veo hacer un mono de nieve con tus amigos.

Todos llevan puestas unas parkas verdes, con los típicos logos de auspiciadores, en cambio tú andas con tu parka celeste. Esa que te había comprado mucho tiempo atrás.

Ordeno otro poco, te vuelvo a mirar. Voy al baño, me lavo los dientes y voy a buscarte.

Entonces; no te veo.

Pregunto por ti. Todos me miran extrañados. Todos se miran entre ellos y nadie me responde.
Grito tu nombre con todas mis fuerzas, corro cerro abajo por la nieve profunda. Llego al montañés y no te encuentro. Corro de vuelta cerro arriba, por la mitad de la pista. Hay mucha nieve, pero corro cada vez más rápido.

La gente sale al escuchar mis gritos. Siento que alguien me agarra de un brazo, me dice que me tranquilice, que nadie está perdido. Que me entre a la casa. Que me siente. Que respire.

Pero yo sé que es mentira. Me logro zafar, grito más fuerte, vuelvo a bajar por el cerro. Me entierro cada vez más en la nieve. Siento que me falta el aire, que estoy a punto de desmayarme.


Imagino un hilo de sangre roja en la mitad de la nieve blanca y tu parka celeste.


Imagino que no voy a volver a ver nunca más tus cejas tupidas.

lunes, 24 de junio de 2019

Los nombres


Era tarde y me estaban esperando.

Las dos sentadas en la cocina con el cuaderno abierto y un lápiz pasta azul encima en el puesto vacío de la mesa que supuse era el mío.

Vestidas iguales, balanceándose en las sillas, tocando el suelo apenas con la puntas de los pies.

Y entonces empezó el interrogatorio de por qué se me había ocurrido los nombres de Ornella y de Olimpia para ellas. Que en el colegio les habían preguntado. Que era para una tarea.

Sabían perfectamente que los había elegido mucho antes.

Mucho antes de conocer a la Paula.

Pensé rápido.
Imaginé contándoles sobre algo una estrella de cine, sobre la madre de Alejandro Magno.
De una película de Woody Allen y de las serpientes domesticadas.
De la película de Flash Gordon y del sueño sobre el rayo que cayó en el vientre.

Cosas épicas.

Pero antes de que pudiera decir nada; sacaron un papel y lo pusieron arriba de la mesa. Era un cuento que había escrito muchos años atrás; antes de que nacieran y en el que las describía perfectamente. Era una predicción perfecta de sus rasgos físicos, de sus personalidades, de sus defectos y sus virtudes.

No supe a dónde lo habían encontrado, pero el asunto no les causaba mucha gracia. Había algo de enojo, pero también de curiosidad.

Entonces, les tuve que decir la verdad.


“Soy un viajero del tiempo”.


Lo escribieron en el cuaderno.

Lo metieron en una de las mochilas.

Calentamos una pizza.

martes, 11 de junio de 2019

Los Patipelados


Para nuestra consultora eran ideales estas metidas de pata.

Mientras menos forzado el error; más cobrábamos.

Pero pasó esto de que "Cualquier patipelado se siente con el derecho a insultar a alguien que trabaja en el servicio público" y ya no nos hizo gracia.

Nos citaron a reunión a la casa de Suecia. Me dijiste que fuera yo. Que no me demorara y llegara temprano para acostar a las niñas.

No había estacionamiento, llegué un poco tarde.

Hubo un silencio. Me imagino que por mi cara.

Les expliqué que muchos de nosotros veníamos de ser patipelados o de generaciones orgullosas de haber logrado, a punta de esfuerzo propio; escapar de esa condición.

Que en nuestras peores pesadillas; estamos sin zapatos.

Les conté una historia de mis veranos en Chamiza. De Carlitos y Marcos, un par de hermanos patipelados con los que jugábamos a la pelota.
Que en ese entonces ya sabíamos que había que emparejar la cancha, y que para eso, todos los primos nos sacábamos los zapatos para jugar de igual a igual.

Que nunca fueron ellos contra nosotros si no que jugábamos todos mezclados.

Hubo más silencio.

Les dije que no había nada más que hacer que disculparse.

Volé a la casa.

Llueve intensamente. Hace un frío de mierda.

Me saco los zapatos mojados. Entro a la cocina.

Te veo sirviéndoles café caliente a los tres conserjes que se frotan las manos para recuperar el calor.

Manuel, el más viejo, tiene puestos mis zapatos italianos regalones.