Metro línea uno.
Hace rato que no
andaba en metro. Años. Décadas.
Le robé, a la Manu, los audífonos que se le quedaron en el auto y encontré buena
idea escuchar algo de música.
Spotify con sus
ideas propias me pone una canción de Sting.
Y ahí sucede, como Ego con la lapicera.
Estamos en el sillón, escuchamos el disco que acaba de salir, el que me trajo
mi primo para que lo pasara a casette en el equipo de mi viejo. Te hago cariño
en el pelo, luego en los pies. Invento un rito en que con dos círculos de saliva
que dibujo con el dedo, uno en cada pantorrilla; eres mía.
O en realidad, tienes algo de mí que no tiene nadie más en este mundo.
Perdemos el tiempo con un poco de culpa, mañana hay entrega de taller, estamos
casi a fin de año y nuestras notas están al filo de reprobar. Las maquetas a
medio hacer, los planos con muy poca información.
Siento la
felicidad máxima de no saber lo que quiero, solo de saber que sea para siempre.
Llega la mejor
parte de la canción:
“Entonces déjame construir un puente,
porque no puedo llenar el abismo”
Y siento que
alguien me saca los audífonos desde atrás. Abro los ojos, volteo para verte y
eres tú.
No envejeciste.
Me apuntas las puertas abiertas del vagón.
Suena la alarma de que se van a cerrar.
Salgo corriendo.
Es Tobalaba.
Tú vas a Escuela Militar.